Tres gotitas parisinas

Tres pequeñas historias para deleitarse

Febrero 22, 2019

Je ne sais pas

Hoy me sacó mi amigo el escritor casi que de las orejas y emocionado con esta ciudad en donde las mujeres andan en bicicletas altas como si estuvieran en Río de Janeiro, con ese típico andar de la gente que se come el mundo. Mi amigo anda rápido, casi que corre, como un niño de siete años, de aquí para allá y de allá para acá, y yo que soy como cojito de la pata izquierda intentaba darle alcance, que no se me pierda en las luces mi pobre turista. Casi que se tira al Sena con la emoción de ver ese río tan bello y de puro loco anda de camiseta, en el frío Paris de diciembre. Probó un éclair y casi que enloquece y anduvo como una hora con una baguete bajo el brazo sintiéndose un nativo. Toda su felicidad le llegó hasta cuando abordó al primer parisino para saber cualquier tontería, que hacia dónde queda el sur, o algo así, quien no entendía su español, desconocía el triste inglés de nuestro escritor, y antes de dar la vuelta con un típico desagrado, le dijo algo que no comprendimos, colocando la boquita como si hiciera un puche y sacando los morros. ¡Bof!, dijo, y se alejó. Desde entonces, no veo a mi amigo el escritor tan contento, me comenta a cada rato que no hay que fiarse de los estereotipos. Yo, poco dado a entender las cosas, no comprendí.

Poses

Salimos con mi amigo el escritor de paseo por las calles de París. Yo algo la conozco, es como si fuera una especie de alter ego, yo qué sé?, pues que no me pierdo en sus calles, y si me pierdo, mejor aún. Bueno, el caso es que adopté las poses de guía digamos que espiritual y nos adentramos por sus peligrosos bulevares. Y, sin pedir permiso comenzó a nevar, con esa magia hermosa en que ves caer cosas blancas, copos de nieve, los llaman, y esperas que sea como la lluvia, la ignorancia tiene eso, los del trópico somos así, pero no, al caer sobre el ciclista no le hace tropezar, al caer sobre el vehículo no le revienta los cristales; al caer en el piso,…, no hace ruido. No hace ningún ruido y la gente se tranquiliza, es más, los estudiosos afirman que cada vez que nieva desciende en forma notoria la venta de antidepresivos. Después de ese momento único, queda todo el ambiente brumoso, todo adquiere un tono gris plateado, es, digamos, todo neutro. Además, que no se ven los ángeles. Ante todas estas verdades, me preguntó mi amigo el escritor: Manuel, será que es esto la belleza? Y al formular su pregunta, adoptó poses de poeta, no sé explicarme, tan diferente a su pose propia, auténtica y autóctona de los novelistas.

No te fíes de las pecosas parisinas

No hay nada más triste que hacerle creer a la gente que lo que acabas de decir es más verídico que la existencia de las almas, que crean como suyas tu convicción. Es triste y desesperanzador que no se fíen de tus palabras, que hagan caso omiso de ellas, que la gente haga risitas cuando hablas. Todo esto me lo comentaba melancólicamente y con mala voz mi amigo el escritor cuando caminábamos calle abajo por la rue Mouffetard y yo, la verdad, con las manos en los bolsillos, no le hacía mucho caso. Una pecosita como de treinta años, un poquito mas o un poquito menos, ¿quién se fija en esas nimiedades?,  con gorro puntiagudo de payaso y guantes de lana verdes, espantosos y de mal gusto, de esos comprados a dos euros y en rebaja de última hora, me estaba mirando, atrevida, sonreía, me observaba y me usaba, coqueteaba, descarada, hubieran dicho, ¡qué hermosa es la mujer y qué frágil es el hombre! Ella parecía decirme Manuel, qué haces con ese palurdo, con ese écrivan de pacotilla, ese escribidor de poemas prestados, ven y vamos a surfear por París, deja que te muestre qué significa je t’aime, moi non plus, cuando una zarandeada fuerte de mi amigo, que me agarró de las mangas a lo bestia, me despertó de los sueños cuando le oí decir que la gente, ¡la gentuza!, como sabes que eres novelista, presumen que mentiroso profesional, pues que no hacen caso cuando dices algo, piensan siempre que es una demencia más, y todo esto me lo decía para que le creyera que una pecosita divina con gorro y guantes de feria, como caída del cielo, que así tan bonitas ya no se fabrican, le estaba tirando los tejos, que le estaba carameleando la vida, que se le estaba insinuando, para decirlo en palabras cortas.

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