El parque del Retiro no es para todos

El nexo entre Madrid y Bogotá, 2.010

Sinopsis

El Parque del Retiro no es para todos relata los sinsabores de John Vladimir Contreras Mejía, quien por pintorescas situaciones pasa de ser un triste oficinista de ciudad intermedia en un país suramericano no identificado, pero fácilmente ubicable, a terminar regentando un singular hostal en Madrid.

El sarcasmo y la ironía, la media sonrisa permanente, el final abierto, el ágil intercambio con el lector y el buen manejo del idioma, pueden ser elementos que identifican a su autor y en esta novela en particular logra hacer un ácido y despiadado retrato de una concreta realidad.

Irónica, agradable, entretenida. Sus personajes huyen de su lugar de nacimiento, se exilian en remotos pagos, son víctimas y victimarios de la sociedad

El Espectador, mayo 2011

Primeras páginas

Uno

VIDAS PARALELAS

El teniente John Vladimir Contreras Mejía, con cincuenta años ya cumplidos, recibió por carta certificada su baja en el servicio. Firmó el documento en señal de recibo, de entendimiento, de eventual aceptación, y le dio al mensajero portador de la misiva un muchas gracias joven mientras miraba el sobre, un muchas gracias joven dado a un subalterno suyo, uno más, un soldado con funciones de mandadero lleva papeles, dejando ver cierta intriga por conocer el contenido de aquel extraño documento. Una vez el soldado salió de su despacho, leyó la carta con interés, frase por frase, creyendo saber desde un principio de qué se trataba, la tantas veces ansiada y esperada invitación especial para visitar la ciudad de Las Vegas, la ciudad de las luces y el juego, del desenfreno y las mujeres bomba, suponía, en Estados Unidos. Una invitación merecida, para gozarla por gente tan importante como él. Ya le habían dicho que lo iban a invitar y sólo faltaba esperar la invitación. Fue necesario leer la carta tres veces para comprender su magnitud y para que entendiera medianamente bien que ésta no hablaba de Las Vegas, ni de reserva de asientos en primera clase, ni preguntaba si llevaría acompañante, cosa que siempre dudó, sino que el mismo ministro de defensa nacional, su inmediato superior jerárquico, con su firma de puño y letra, en sólo dos densos y claros párrafos, le estaba informando que desde el día de hoy estaba despedido. Así de simple, despedido de forma fulminante y con justa causa.

Reunido con su mujer Luz Ángela ese mismo día, cuando ya había agotado todas las posibilidades que pensó factibles para solucionar todos los problemas que se le vinieron de frente, de una y sin previo aviso, el estar cara a cara con no saber qué hacer, le explicó con claridad absoluta las razones reales de la determinación adoptada por sus superiores. -Porque sí-, le dijo, -me botaron porque sí-. No sabía qué putas  razones había, no sabía por qué, de repente, se había quedado sin trabajo, y no se explicó cómo nadie le había dicho nada el día anterior, ni los días anteriores, ni aquella misma mañana, algo corto que cualquiera entiende, algo escueto que quiera decir que todo acabó, ni una llamada en donde alguien se queje de su trabajo y lo encomiende a mejorar, que si no lo botan, diría el de la llamada.

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Si avisan, duele menos, siempre había pensado.

Su mujer tampoco entendió las inconexas argumentaciones que daba su marido, que no decían nada y nada clarificaban. Cuando no hubo más que decir, una vez terminó su extraño relato carente de claridad, lo único que quedó claro es que se había quedado sin trabajo. John Vladimir, con todo el aplomo necesario, se levantó de su sillón y miró a los ojos a su mujer.

– Pero, no pongas esa cara, Angelita, que yo consigo qué hacer.

Tenía cincuenta años recién cumplidos y lo único que le preocupó de esa edad es que El Quijote, el viejo Quijote, el anciano y encorvado personaje de Cervantes, tiene, como él, cincuenta años.  Cincuenta años es medio siglo.

Nunca leyó El Quijote, no era hombre de letras o lecturas, que quitan el tiempo, dice con claridad. De El Quijote, el cual nunca leyó, se insiste, siempre dijo que estaba escrito en otro idioma que no se entiende, como si fuera japonés o chino. Pero, como todos, tal vez en los años escolares, ha leído por encima la primera página de El Quijote en ediciones reducidas, y memorizado el arranque de la novela, esas primeras líneas tan repetidas y conocidas, aquel comienzo que dice en un lugar de La Mancha etecé y etecé. Ya, en la primera página, después de aquel párrafo tan universal, se dice de El Quijote que tiene cincuenta años. Y cincuenta años es medio siglo.

Como militar, y sabiendo, como todo el mundo sabe, que Cervantes también lo fue, sabía cosas varias del escritor, lo de que era manco, pero no era manco, de su cautiverio en Argel, así como generalidades de su vida y de su obra. Cuando cumplió cincuenta años se le vino a la cabeza aquel personaje, de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostro, como recuerda de memoria de aquella primera página, personaje que precisamente tiene su edad, cincuenta años, pero que tal como describirían todos los dibujos e ilustraciones de la época o modernos, la figura de El Quijote es la de un anciano, simplemente un anciano. ¡A los cincuenta, y ya era un anciano!

El Quijote era un viejo. Y John Vladimir tenía cincuenta años. Y cincuenta años es medio siglo.

Pero John Vladimir también sabía de cualquier lectura ligera, como todo el mundo sabe, que Cervantes escribió su Quijote a los cincuenta y siete años, y la segunda parte la publica a los sesenta y siete años, nada menos.

Todo son dudas al tener cincuenta años. Y mas dudas hay al constatar que cincuenta años es medio siglo.

No supo si era una buena o mala edad para recibir una carta de despido, porque a pesar de estar muy bien físicamente, de no tener achaques y mantenerse firme, no tenía claridad sobre lo que es tener cincuenta años. Sin embargo, lo que sí sabía es que no sabía qué iba a hacer. Había hecho toda su vida profesional en las fuerzas armadas, desde soldado raso, y no había tenido suerte.

Si hubiera tenido suerte, hoy sería general de cinco estrellas y con tres jubilaciones a cargo.

No tuvo suerte, y por lo que le dijeron con claridad jurisprudencial en el departamento de jurídica, el porvenir no auguraba muchos frutos ya que, tal como textualmente le fue informado, “le faltan muchos años para servir si piensa jubilarse con las fuerzas armadas y, aquí, usted no va a trabajar nunca más”.

Y tampoco tuvo suerte antes.

Estuvo mal que lo hubieran ascendido, que le hubieran dado ese súper cargo, subía como palma y caía como coco. Él estaba muy bien antes, como un teniente olvidado, uno más cuyo nombre nadie sabe o recuerda, y que sólo llega a la memoria de la gente cuando están a medio metro de distancia y se ve el apellido impreso en una telita que está cosida a su uniforme: Contreras, en letra negra cursiva, con fondo beige. Estaba muy bien ganando un sueldo que justo le llegaba a fin de mes, pero sin tener gastos mayores que lo obligaran a alargarlo. Luz Ángela, su mujer, sabía muy bien alargar el sueldo. El sueldo llegaba y se iba, pero cuando se iba comenzaba un nuevo mes en el cual llegaría el nuevo sueldo. Estaba bien.

Vivía en la misma brigada donde trabajaba, cuando sin ton ni son fue designado director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. Así, sin ton ni son, sin llamadas previas, sin felicitaciones dadas con antelación, sin saberlo nerviosamente días antes su mujer, Luz Ángela, ni los conocidos, nadie, nadie lo sabe hasta que simplemente es nombrado sin ton ni son director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército, un cargo que desconoce, pero importantísimo.

Así, director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército, sin ton si son.

Le contó a su mujer cómo fue todo, la verdad de su despido, ya que, por muy educada y gentil que le pareciera la carta que recibió, no era más que un despido.

Actuó en su inesperado empleo siete u ocho meses, y no entiende ahora, como no entendió entonces, como no entenderá jamás, cómo es que le dieron semejante cargo tan importante después de haber pasado su vida militar casi de incógnito, archivando copias de documentos, estampando sellos en terceras copias. Sin el casi, totalmente de incógnito. Y sin razón de nada lo despiden.

Su mujer no entendía eso de que lo habían dado de baja del servicio, eso de dejar la buena vida, eso de no ser más la señora, la esposa del director jefe del departamento de antinarcóticos de la brigada central del ejército. Ni siquiera era ahora la esposa del teniente.  Ella no entendió nada

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