Entuertos, enredos
e historias invertebradas

Finalista del Premio Verdum de novela 2016

Sinopsis

Una triste y tremenda vida familiar anexada con babas al relato de una peculiar librería, con los muertos necesarios para hacer de esta una buena novela dentro del género del misterio.

Primeras páginas

M A T I L D A

-Fue en el preciso instante de comenzar a sentir y gozar por primera vez en mi vida un sexto orgasmo casi que consecutivo con uno anterior demencial que ni te imaginas no hacía ni dos minutos: fue ahí, como te digo, que el mundo se me retrocedió cuarenta y un exactos años para venírseme a la cabeza la bella sonrisa de papá que me despierta a las tantas de la mañana con el cuento de que otra vez necesita compañía.

El joven muchacho, ajustándose sus gafas de pasta negra, mira a la señora decir lo que dice y, entre fascinado y temeroso, indeciso o perplejo, anota con cierta fluidez en la libreta las palabras oídas sin llegar a intuir esta historia tan extraña que por primera vez oye cómo y de qué forma fantasiosa y con quién sabe qué variables será que se desarrolla. Esperaba y confiaba, lógico, que le hablara de su infancia, paseos con el abuelo por el parque, cosas normales, pocos traumas infantiles, tal vez recuerdos adolescentes, primeros amores y primeros besos, su vida con su marido y los hijos de haber estado casada, la familia, cosas inherentes y típicas de la historia de una vida común y corriente con pequeños sobresaltos, pero jamás creyó que le hablara sin tapujos de asuntos seniles propios de la vejez o cosas extrañas y hasta increíbles ligadas a los desbarajustes de memorias dispersas y marchitas y menos aun que ese relato de los orgasmos múltiples figurara como preámbulo o antesala de la gran historia.

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En efecto, mil veces menos llegó a pensar que esta anciana que te mira con ojos de hambriento buitre, fuera a comenzar hablando de sexo, sin acotaciones previas, de una comienza hablando de sexo bajo y perverso,
con recuerdos de infancias pederastas, ajena a cualquier sutileza. Y, además, de esa forma tan peculiar. Peculiar y sucia. Sucia y ruin. Ruin y sórdida.

-Si, mira, interrumpe la señora los pensamientos del joven. Una deliciosa relación, explosiva, bella y llena de placeres desconocidos, hará de eso más o menos treinta años. Fíjate, ya entrada en años y canas y conociendo el sexo. ¿Cómo la ves? De lo que me había perdido andando con hombres y la palabra hombre ponla entre paréntesis bien grandes, o
entrecomillado si prefieres, hombres qué jamás supieron para qué mierdas les sirve el espagueti que les cuelga de las piernas, homus-erectus por naturaleza. Bueno, fíjate que cuando tuve aquel primer orgasmo, a los pocos segundos cerré mi cuerpo pensando que ya ha terminado todo, complacida, para qué decir que no si sí, cómodamente complacida y acostumbrada a lo que es. Tú, imagino, sabes cómo somos las mujeres de tan pendejas de acostumbrarnos a todo, resignadas si quieres, y cualquier cosa pequeñita la agrandamos según nuestro vacío o nuestro deseo. El joven muchacho se ajusta nuevamente las gafas y duda en anotar lo oído sin decidirse en entrecomillar la palabra hombre.

-Por eso estaba acomodada y sometida al fin normal de las cosas, doblegada ya que después de una pasiva vida sexual no se puede esperar nada cuando el hombre termina su faena, pero cuando vi que mi amante de aquella gran noche no se apura en terminar, cuando me percato que el hombre que me hace el amor, y anota bien la palabra con todas sus letras:
amor, pues lo hace de una forma diferente y cariñosa, especialmente especial y perdona lo feo que suena, cuando noté que él sigue dedicado a mí, buscando mis labios y mi piel, que yo soy su centro de atención, besando y acariciando aun, pues comencé a sentir uno tras otro, ni te imaginas muchacho, de forma deliciosamente inesperada, tal vez armónica, un orgasmo y después otro, a cada cual mejor y más rico y más lleno de,…, ¿cómo decirte?, más lleno de pequeños terremotos, cada uno con su sorpresa incluida, con pausas y sin prisas, y con los temblores de este sexto orgasmo es que, como te dije, volvió papá despertándome con cariño, zarandeándome suavemente de los hombros, con su bella sonrisa cargada de tristeza y melancolía, que necesita compañía; en ese segundo papá me saca de mis sueños y mis gozos volviéndome a mi niñez. Papá era un hombre solo y golpeado que necesitaba siempre compañía, sobre todo en las noches, ya sabrás de mamá, ya te contaré, pobrecita la vida que le ha tocado, y te pido e imploro sobre todo que no pienses o escribas o supongas cosas malas de papá, que ante todo es un ángel de dios.

-Yo, Matilda, cuando lo de papá, estaba muy chiquitica, hablamos de los turbios años de paz entre la primera y la segunda guerra mundial, ¡imagínate!, comienzos del siglo veinte; tú, de eso, ni sabrás o habrás oído nunca, no sabrás de la primera guerra mundial así como desconoces si hubiera existido una segunda o que estuvimos a punto de tener una tercera guerra. Bueno, sea como sea, eso de la primera guerra mundial te lo anoto para simple ubicación temporal ya que aquella lejanísima contienda habría pasado inadvertida para toda la familia y sabes qué, muchacho, no sé qué hago yo aquí contándote de mi vida tan personal y tan mía cuando de ti sé poco menos de nada y mejor hagamos de cuenta que entre tú y yo no hemos quedado en nada y mejor que de una vez por todas nos vayamos diciendo adiós. El muchacho, atónito, mira a la mujer y no dice nada, como manteniendo una tensa calma en espera de la llegada de la tempestad.

– Ya, guárdate tus papelitos y recoge tus cosas, que esta fiesta ha terminado. No sé ni para qué te estoy relatando mi vida.

El muchacho había dejado de tomar notas, tenía la punta del lápiz adherida al papel y miró a la señora que tenía al lado, anciana y encorvada, acabada y quien se levanta de la mesa con cierta dificultad, es coja o se
hace la coja pero el caso es que parece que una de las piernas no le responde adecuadamente y visiblemente molesta, y él sólo atinó a decirle o comentarle que ella había sido quien le buscó para que escribiera sobre su vida, la gran vida que conoce el siglo veinte de sus inicios a su fin como ella misma había dicho. Que él sólo ha estado oyendo, añadió

-Usted me buscó, señora, y yo diría que vamos bien, yo creo que hemos arrancado con el pie derecho, mintió el joven, mientras pensaba y no sé qué hago yo justificándome con esta loca, sabiendo de antemano que difícilmente podrían ir bien en ese trabajo de escribir sobre una vida si apenas llevan quince minutos y ya ha sido fulminantemente despedido de su actividad de negro literario por una mujer demente. Quedó pensativo al dudar si habría metido la pata al hablar de un pie derecho cuando de los pies no se puede hablar delante de los cojos, así como no hablamos frente a los ciegos de lo hermosa que es la primavera, y conste que la cojera o dificultad para andar de la señora era manifiesta. La señora se detiene en su huida; hoy ya no es la aguerrida e intrépida mujer que asegura fue capaz una vez de levantarse sobre una mesa en un restaurante atestado de gente, en Zaragoza, España, lleno de damas vestidas de negro oscuro en plena época franquista por allá en mil novecientos cincuenta y seis, había dicho, y sin razón aparente, sólo por libertaria y rebelde, gritar a viva voz que todos los hombres, sin excepción alguna, todos toditos, el triste universo de los machos, son una manada de delicados maricones rezanderos vendidos al fascismo y la falange y a la puta y desalmada iglesia católica. Y olé. Había dicho eso a pulmón lleno, con el típico desafine propio de la histeria y la emoción del evento, en el centro de una de las mesas de comer y subiéndose la falda tobillera a la misma altura de la rodilla, vulgarmente, y tras hacer un agresivo cruce de mangas volvió a sentarse con su grupo de amigos como si nada hubiese ocurrido. Hermosa y retadora. Con las piernas abiertas. Tiempos aquellos en los que por fortuna no fue condenada a tres cadenas perpetúas por acometer actos tan dementemente valientes e inocuos. Hoy ya no es ella, en caso aquel de haber sido en algún momento ella; hoy mira cabizbaja y es incapaz de contrariar al joven que ni siquiera la increpa, que pese a todo la trata con dulzura y cortesía, con educada lejanía. Sin erguirse aun, detuvo sus movimientos y dijo:

-Tienes razón Toñito, perdóname, pero es que ya no tengo cabeza ni paciencia, no sabes lo que son los años y te cuento que tienes toda la razón en eso de que vamos bien, contigo me siento en confianza, alaisse, como dicen en francés, y comenzó a relatar su vida desde el mismo momento en que ella se acuerda de las cosas, reacomodándose en su asiento, y
emitiendo significativos gestos de dolor por uno de sus pies que pareciera no andar bien. De vez en cuando miran al sofá del fondo, tanto el joven como la mujer, en forma aleatoria y desordenada, unas veces él y otras ella, a veces
los dos al tiempo, como sincronizados, y descansan la vista en aquel sitio, ubicado al lado de la puerta de entrada de la casa en donde siempre ha habido un sofá, un viejo sofá francés o eso dicen, que es francés, importado, de una casa famosísima, que fuera en sus épocas de esplendor de color habano ceniza convertido hoy en una mezcla perpetua de amarillos y grises por los mil líquidos que le habrán caído encima por el curso de bastante más de cincuenta años y que hoy está para reparar urgente, no sólo por el estado de la tela, apagada y descolorida, sino que sus dos patas traseras bailan y se asientan desordenadamente en el piso mientras que una tercera, delantera, se cayó hará de eso hace mil siglos.

Sólo una,, la izquierda delantera, parece soportar todo su poco peso. Y allá, sobre aquel sofá, está hoy mal sentado un hombre, parece ciego porque lleva gafas oscuras y porta un palo de madera que bien parece la rama de un árbol y que hará las veces de bastón y que pregunta en voz alta y de vez en cuando que si el doctor Pablo Silvio Urdaneta ya habrá llegado, que si no está o no ha llegado que él espera, que no tiene prisa o afanes, y que si alguien le puede ayudar para ir al baño, que tiene urgencias.

Nadie parece escucharle, así el ciego repita su súplica. Ese sitio es como una especie de recibidor y ahí Amarinta ordena
sentarse a esperar a todo aquel que nunca ha visto y que dice que anda buscando al doctor Urdaneta o Santos o López.

Y mientras el ciego se mantiene sentado, a unos quince metros de distancia de donde se encuentran los tertulianos, la distancia que separa el comedor de la entrada de una casa, la señora le relata su vida al joven y curiosamente comienza hablándole de Marco, su sobrino, hijo de su hermano Pablo Silvio, quien quién sabe desde cuándo y para qué efectos dice que se apellida Urdaneta Santos y López-Pombo cuando siempre, y con orgullo, hemos sido Suárez de toda la vida.

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