Qué chévere

2.011

Sinopsis

Siempre queremos leer en siete palabras de qué trata una novela de doscientas páginas para saber si será de nuestro agrado. Y editores y autor se morderán las uñas buscando con destreza y a veces con acierto aquellas pocas palabras.

Y bien, Qué chévere, ¿de qué va?

Trata de las muy interesantes vidas de Luis Guillermo Zabaleta Atienza (arquitecto y poco recomendable), la Sole Miichelsen, su mujer (quien pareciera que la vida le pasa por encima y nada dice), Luz Ligia, la hija de ambos (de quien se dice que es muy fea y carga a sus espaldas miles de problemas) y Alberto, el hijo de aquel (no es arquitecto y también es poco recomendable). Unas vidas a caballo entre Bogotá y Madrid, llenas de garra e intriga y en donde se invita a pasar página tras página para saber qué más ocurre. Se goza, cargada de humor ácido y en donde a la poesía se le da su importancia.

Gran acierto del autor es hacer ver con fineza, humor, y un toque ligero, la tragedia que ocultan estas vidas

Samuel Whelpley, marzo 2016

Primeras páginas

CAPITULO I

En Madrid, reino de España, hace pocos días

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor

Lo que puede el dinero, en ”El Libro del buen amor”,
Arcipreste de Hita

Weimar tiene dieciocho y Johanna quince, ambos bellos, de piel oscura y llamativa, y si no es porque él tiene el pelo corto y ella parece toda una señorita, Miriam no sabría distinguir realmente quién es quién.

Es su madre, debería saberlo y, sin embargo, no lo sabe. Solamente lo intuye. Supone que él es el y ella es ella.

Cosas de la maternidad.

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Mira a sus hijos con intriga y placer.

Weimar posee un incipiente bigote con irregulares, desordenados y escasos pelos negros que le hace parecer mayor y tiene las mismas orejas levantadas de su padre, y de lo poco que logra ver de su hija cuando se aleja de la cámara, jugando con su cuerpo y el asiento, balanceándose, pareciendo estar nerviosa e inquieta, nota con asombro e intriga que tiene el escote muy pronunciado. Intenta mirarlos otra vez, conseguir detalles, identificar señas o recordar gestos, y le sigue pareciendo la imagen ligeramente borrosa, no es como en el cine o en la fotografía, donde todo se ve claro y nítido. No es como le habían dicho: las personas, cuando hablan a través del computador, no se ven claras.

Nueve largos años hace que se fue de Colombia. Su marido está trabajando y le dijo que no podía ver a los niños un martes, que ella lo sabe, debería saberlo, un martes a las once de la mañana es imposible ausentarse del trabajo, y más aún en épocas de crisis. Le dijo que le pregunte a la señora Soledad o a la señorita Luz Ligia si le pueden prestar el computador otra vez el domingo, que libra el domingo, y vea a ver si allá, en Colombia, los niños pueden ese día pedir prestado otra vez el computador con la cámara y la pantalla. Y ahí sí, el domingo, él podrá también hablar por internet.

Pero no puede ser. El computador lo pueden usar en Colombia sólo por hoy, que parece que es de un compañerito de Weimar, que casi no se lo presta. La peor parte es por el lado del computador de don Alberto, que sólo puede ser utilizado hoy martes y a esta hora porque ése se ha ido a una cita que tiene con alguien, se ha ido a hacer algo, ni idea qué, y ha dejado el computador en la salita, conectado a la corriente, y la hermana de don Alberto, o su esposa, yo no sé ni qué es de ella,  la que le dije que es toda feita y rarita, la señorita Luz Ligia, pues ella hace el favor de encender el computador y de llamar a los hijos por internet, pues parece que sabe un jurgo de eso. Es ahora o nunca, pero él le dijo muy claro a su mujer que ella sabe que no puede porque le toca trabajar, que otro día, vaya y venga, y que entonces, si así son las cosas, pues que le manda un beso bien bien grande a los niños. Mándeles la bendición, dijo al final, haciendo la cruz con su brazo derecho.

Los vio allá en la pantalla, y sentía a su lado, sentada en un taburete de tres patas, como de aquellos que se usan para ordeñar vacas, con todo lo fea que es, a la señorita Luz Ligia, espichando botones y preguntándole que si ya los ve, que si ya los puede ver más claro, que si esos son sus hijos, ¿y hace tantos años que no los ve?, que ya están muy grandes, tan creciditos, que la niña es ya toda una señorita, que mire cómo están de buenos mozos. Atrás suyo, a tres metros, siente la respiración de la señora Soledad, que con esa enfermedad que tiene que no se acuerda de nada ni de su propio nombre, nadie sabe si está aquí o allá. Ella sólo respira, no emite palabra y parece que fijara su vista en la pantalla del computador.

-Pero, son sus hijos, ¿verdad?, preguntó indecisa la señorita Luz Ligia. Miriam los repasó una vez más. Los dos se parecen al papá, pensó, la quijada saltona es la misma y las orejas tienen el mismo aire, pero qué lástima que no esté acá y esté en el trabajo, le hubiera gustado verlos. Además de la forma de la quijada, ambos tienen la misma mirada inquieta de su padre, como de perdidos en mitad de nada. Se mantenían aún mirando a la pantalla, Weimar más estático que Johanna, obedientes de algo o de alguien allá, como esperando una señal, sin modular palabra y sin saber qué hacer. Ella, la niña, de vez en cuando se echa para atrás, como si estuviese incómoda o aburrida, y mueve toda su espalda, arqueada, un poco para delante y después un poco para atrás, lentamente, como jugando en la mecedora, en espera de que ocurra algo.

Nueve años sin estar con ellos, sin verlos crecer a pesar de haberlos parido, recibiendo de vez en cuando, muy de vez en cuando, en navidades o el día de la madre, que nunca coincide porque siempre son domingos diferentes en España o en Colombia, a veces, una postal mandando saludes. Aunque las postales no hacen referencia a motivos navideños o maternales, sino que son postales turísticas, casi siempre de la Plaza de Bolívar de Bogotá, una vista panorámica, muy bonita y colorida, tomada desde el occidente, con la montaña al fondo, y una vez recibió una con la Catedral de sal de Zipaquirá, un mosaico de ocho fotos turísticas de la ciudad y su catedral, todo ubicado en zonas distantes de donde vivían ellos, que con seguridad los niños no conocen ni Bogotá ni esa catedral. Viven cerca de Armenia, lo que da a pensar que las postales las regalaba alguien, o que se consiguen muy baratas, una promoción de diez por uno, o algo así, y con dos o tres palabras sus hijos se despachaban, y a veces con solo la firma, un garabato cualquiera.

-Está fallando la web-cam, dijo Luz Ligia. Siga mirando a sus niños que ya dentro de nada ellos la podrán ver a usted y ya podrán hablar. Tenga un poquito de paciencia.

Miriam dejó de ver a sus hijos y miró con intriga a la señorita Luz Ligia que seguía con todas sus manos y con todos sus dedos en el teclado, así como en la parte de atrás del computador. Parecía entender lo que estaba haciendo. La miró y le dio pena por ella, tan fea, tan supremamente fea. Hasta las orejas eran feas, pensó.

Volvió sus ojos a la pantalla y sus hijos. Seguían ahí. Johanna había resuelto quedarse arqueada hacia atrás, apoyada en nada, y se la veía más lejana y más borrosa. Ya era toda una señorita, formada, se veía muy linda. Weimar seguía mirando a la pantalla, rígido, esperando aún la señal que no recibía, y se tocaba con un dedo índice su incipiente bigote, como si lo estuviera peinando, ceremoniosamente hacia abajo. Entre ellos parecía que no se hablaban y daba la impresión de no haber nadie más en la habitación. Cada cual estaba en su papel. Estaban diferentes a todos los  recuerdos. Eran otros muy distintos a los niños de hace nueve años. Irreconocibles.

Es que nueve años es un mundo, pensó.

– Un momentico, dijo Luz Ligia, abordando con su cabeza gran parte de la pantalla. Hasta de espaldas es fea, pensaba Miriam mientras le miraba el pelo ensortijado y la cabeza con espacios calvos.

Sin poder ver la pantalla que era tapada ahora por su nuca y sin ganas de verle su cabeza rara, recordó que hará unos tres años le llegaron un poco de fotos de sus hijos, sacadas nunca supo muy bien por quién, donde se veía al niño con el pelo largo, a lo hippie, muy flaco, se veía, y Johanna muy niña, si mal no recuerda, con trenzas apretadas y muy niña. En esas fotos Johanna no tenía nada: estaba plana, lógico y entendible, era muy niña. Esas únicas fotos, siete, todas en color y tomadas de cerquita, son las únicas fotos que creía actuales y que guarda de sus hijos. Las otras son fotos viejas de tres por cuatro y medio, residuos de fotos escolares, de cuando dejaron a los niños con la idea de volver por ellos al cabo de un año, máximo dos. Han pasado nueve y nadie nunca les dijo que todo era tan complicado, tan supremamente jodido, nadie nunca les avisó de la regularización que hubo reciente y gracias a la cual hubieran podido sacar los papeles y ser alguien, no tienen quién les diga nada sobre cómo hacer la vida más llevadera en un país que no conocen y en donde pareciera que hablan otro idioma, como si fuera ruso, guardan miedos a la salida del metro, no vaya a ser que los arresten por indocumentados, nunca han tenido la plata suficiente para comprar dos tiquetes aéreos y viajar por quince días o una semana a ver a los hijos y bregar a ver si se los traen, imposible, lo saben, por supuesto, además que si se atreven a viajar los deportan sin preguntar, no hay papeles, apenas sendos pasaportes colombianos ya caducados, peor que nada, no son nada, y sólo han oído la voz de sus hijos al teléfono cada vez que hablan con ellos, los viernes en la noche, cuando pueden, en locutorios públicos que acaban siendo carísimos, un robo.

-Ya está, le dijo Luz Ligia con un histérico grito de emoción. Ya la están viendo allá, le aclaró alterada. Y la pueden oír, añadió. Miriam siente que la piel se le eriza y se le pasaron mil cosas por la cabeza, la primera arreglarse alguito, que no me vean así, y con la mano se despegó un poco los pelos de la cara y se los pasó para detrás de las orejas con la ayuda de las uñas, a la vez que soplaba hacia arriba para ahuyentar los pelos que quedaran aún, y sólo hasta ahí se dio cuenta que sus hijos no la veían a ella hace los mismos nueve años, la misma ausencia, y no denotó una sorpresa mayor de ellos al verla ahora por primera vez, como si ella no hubiera cambiado nada, como si la soledad fuera solo cosa de uno..

-Y ya puede hablar cuando quiera, sentenció la señorita Luz Ligia.

Nunca había pensado en poder ver a sus hijos tan pronto ni tan fácil. Les había pedido en forma reiterada, a veces suplicante, cada vez que hablaba con ellos, que se sacaran unas fotos y las mandaran, que ella quería verlos, y el papá también. A eso aspiraba. El poder verlos moverse, constatar que están respirando, iba a quedar limitado al lejano momento del reencuentro, cuando se vuelvan a ver, momento cada vez más remoto, y cuando dios lo permita. Hace apenas unos pocos días que Luz Ligia le preguntó si quería ver a los niños por internet. Así, fácil, verlos y hablar con ellos por internet. Ella no entendió y cuando finalmente se le explicó, fue incapaz de traducirle a su marido en forma clara la explicación simple, diáfana y pedagógica de la señorita Luz Ligia. Pero su marido no podía, y punto. El trabajo manda. Ella estuvo como loca varios días, diciendo estupideces y pensando en eso de ver a sus hijos por una pantalla, como si fuera en la televisión, y ellos se mueven y hablan y usted Miriam puede verlos, como en el cine, mejor aún que en la televisión, y usted les habla y ellos la ven a usted.

-Qué chévere, dijo ella cuando le comentaron de todas las bondades del internet, y ella no creía lo que le decían y cuando creyó entender todo, no supo qué les iba a decir a sus hijos. Llevaba pensando en ese momento mucho tiempo, el rencuentro, el momento de ver a sus hijos perdidos y hasta olvidados. Yo,  ¡qué les digo!, se preguntó siempre. Ahora que el día señalado está a la vuelta de la esquina, que el martes puede ser, usted cuadra con sus hijos para que ese día se consigan un computador, que hoy en día un computador lo tiene todo el mundo, yo me encargo de engatusar a Alberto, que ese día sale para una cita que tiene no sé dónde, ahora que todo indicaba que podía ser verdad eso de ver a los niños, cara a cara, casi de tú a tú, al fin, le inquietaba por el qué se dirían, de qué iban a hablar hasta que el frío se caliente, pensaba ella, de qué hablaría con la presencia en la habitación de dos extrañas, Luz Ligia y su señora madre, la señora Soledad, a quienes apenas conoce, como si fuese un careo judicial, bromearía con lo grandes que están los hijos porque bien crecidos ya deben estar, preguntaría por los novios y las novias, mamando gallo porque en serio no puede ser, les preguntaría si están estudiando y si están juiciosos, que cómo están los abuelos. Pero ahora que los ha visto, tan lejanos, tan desconocidos, tan diferentes a lo que no conocía, tan distantes de lo esperado, es que el exilio no perdona, no sabría explicarse muy bien por qué le inquietó saber cómo serían sus voces, la entonación, si Weimar ya tendría un vozarrón, cuando ya los ha oído mil veces por teléfono, en fin, estaba llena de dudas y no sabía muy bien sobre qué irían a hablar y menos aún por qué tema comenzar.

Vio a su hija acercarse a la pantalla, sólo la cara, indecisa, mirando a su hermano de reojo y con dudas, dejando atrás aquella postura alejada. Acercó la boca a su teclado, fijó la vista en la pantalla, y dijo lento y claro para que se entienda:

-Mamá, mamá, ¿ya nos mandó la plata de este mes?

 

Esta linda la niña, lindos los dientes, habla desenvuelta, tan diferente a la niña de hace nueve años, y no tuvo fuerzas para responder. Lo primero que preguntan es por el dinero, pensó. -La plata, sólo la plata. Plata desgraciada. Se levanta lentamente de su asiento, con aires de abatimiento, da las gracias por el computador, no le dice nada a la señora Soledad a quien se limita a sonreír levemente, y cuando se dispone a abrir la puerta para salir, temblando, triste y vacía, vencida, como si estuviera derrotada tras una larga y ardua batalla, sólo oye atrás un –mamá, mamá, que implora. Su hija, ya adulta en la pantalla del computador de don Alberto, en la pantalla de computador del hijueputa de don Alberto, quien en ese preciso momento llega a la casa, entrando con nadadito de perro, para que nadie se dé cuenta, solapadamente, cuando al parecer  está haciendo unas vueltas o unos mandados, o eso al menos dijo para justificar su ausencia si bien él no justifica nada, y le gritó a Luz Ligia, diciéndole Ele Ele, qué carajos hace mi computador prendido, que cuántas veces hay que decir en esta puta casa que mi computador no me lo toca nadie, ni el frunas, que se compró carísimo y es de última generación y cualquier dedo mal puesto lo estropea, y sin esperar respuesta o comentarios preguntó Ele Ele, qué carajos hace esta señora en la casa, cuando yo creía que había quedado lo suficientemente clarito cuando dije que con dos mujeres, sumercé y su mamá, y que no hacen ni un carajo, basta y sobra para hacer el aseo y la comida y que mil veces he dicho que no hay para qué carajos pagarle a una avispada que dizque viene a trabajar y lo único que hace es devengar gratis y hablar mierda, y además que todos sabemos que aquí no hay cama pá tanta gente.

Abrió la puerta que acababa de cerrar con aire de desprecio. Cualquiera entiende lo que significa eso, y Miriam lo entendió a la perfección. Que me vaya. Salió sin chistar. Mientras le cierra la puerta don Alberto, otro día que le cierra la puerta en las narices diciendo bien claro y para que se entienda que no es lo mismo estar entrando que estar saliendo, mientras oye sus desagradables palabras, Miriam alcanza a ver que ya sus hijos no están en la pantalla. -Estarán mirando al vacío, pensó. La señorita Luz Ligia, asustada, aterrada, ha apagado ya el computador.

Sabrá Miriam explicarle a su marido que vio por contados segundos a los hijos, que están grandísimos, le dirá emocionada, que la niña está muy bonita y el hijo bien crecido, -hasta tiene bigote, le diría con emoción, le podrá también explicar que don Alberto llegó en mitad de todo y tocó apagar el computador, y que ya no habrá forma de trabajar ayudando en el servicio doméstico de esa casa porque ese señor es un loco, un degenerado. Sabrá Miriam explicar todo lo anterior, ordenadamente, más o menos, con momentos de histeria o de enfado, hasta de emoción y felicidad, pero cuando su marido le pregunte que de qué habló con los niños, jamás se le ocurrirá decir que a los niños sólo les interesa la plata, que ellos llevan en España matándose no sabe cuántos años y los niños no quieren saber sino de plata. No podrá decirle a su marido que la corta frase de su hija, inquieta por el giro de dinero, habrá logrado dejarla de piedra. Una pequeña frase de sólo diez palabras que nunca será capaz de transmitir a su marido. –Mejor dejar las cosas así, pensó.

Dentro de la ira que la carcome, en la inmensa tristeza que siente, piensa en don Alberto y no le encuentra razón a su desprecio, a su forma de ser, a ser tan mala gente, cuando su mamá se mató trabajando para la señora Soledad, allá en Bogotá, ya de eso hace muchos años, muchísimos años..

Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo:
cultivo la rosa blanca

Versos sencillos, XXVII,
José Martí

Alberto es escritor, escritor de novelas, o eso dice él con las ínfulas que se manda, con esos aires que tiene de pavo real,

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