Quiéreme un poquito más

Esta novela fue publicada originalmente por Planeta (2015), bajo el título de La casa por la ventana

Sinopsis

Toda historia de amor es una historia de fracasos y no habrá lector que lo dude tras conocer a Francisca. Tímida y reservada en su infancia, ninguneada mientras crecía y directamente maltratada ya de adulta, la protagonista de esta novela es una mujer que busca vencer la tristeza, incluso si su única salida anticipa más dolor.

Digamos que Quiéreme un poquito más es una novela de amor. a pesar de estar el amor bastante ausente.

Primeras páginas

Después de haberle arañado la cara, jaloneado el pelo y desgarrado la ropa, y después de decirle los insultos más soeces e hirientes, salidos del fondo del alma y dichos con todo el sentimiento, sin que ella ejerciera defensa alguna, ni física ni verbal, dejándose hacer, decir e insultar, quieta y pasiva, totalmente inerme, aterrada y miedosa, y cerrada en sí misma, como un caracol; después de todo eso, después de haberle dicho y hecho todo eso, empujándola a empellones y arrastrándola por el piso, la encerraron en el cuarto de las escobas, detrás de la cocina, que no mide más de un metro por un metro y a donde nadie se acerca porque dicen que asusta y está lleno de ratas.

Ahí estuvo como tres cuartos de hora, tiritando de frío y de miedo, paralizada por el horror y el recuerdo y llorando sin gemir, intentando, con los reflejos de la poca luz que entraba por el marco de la puerta, arreglarse la camisa, que tenía todos sus botones de nácar reventados, teniendo al descubierto su brassier de encajes. Sentía la sangre seca en sus manos y en una de sus mejillas, su propia sangre, notando cómo la resequedad de la costra que se creaba, estiraba la piel, y no alcanzó a imaginar en qué estado habría quedado su cara, y su pelo, y su físico. Le dolía todo el cuerpo.

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Después de un tiempo prudencial, un espacio de tiempo que a ella le pareció razonable, el tiempo suficiente para que la ira de las agresoras se modere, después de esa tensa espera, salió de ahí.

Salió sin problema, sin hacer fuerzas o mañas, sin empujar la puerta, sólo deslizándola y en completo silencio, tanto el de ella como el de todo el entorno, dentro de un ambiente ausente de ruidos, de ruidos humanos o mecánicos, ausente en ese momento de cualquier tipo de ruidos.

Casi que ni ella respiraba.

Sin embargo, supo e intuyó con certeza que ya más nada le iban a hacer en ese momento, no la irían a agredir más, las agresoras estaban lejos y no se sentía su presencia, sintiendo tal vez con placer que ya todo estaba hecho y dicho, que ya todo había pasado y que ahora llegaban los momentos de tranquilidad. Los momentos siguientes deberían ser de gran sosiego y reflexión. A pesar de ello, como si aún el peligro rondara, como si en ese pequeño cuarto cerca de la cocina no estuviese confortable, de forma insensata y sin pedir permisos y autorizaciones por ausentarse del trabajo a deshoras, sin mirar a nadie y pensando no ser vista por nadie, se deshizo entre puertas que parecían escondidas y que ella creía que abrían sin ruido.

Y salió a la calle.

Salió a la calle en horas que ella creyó laborables, sin ser consciente de su lamentable estado físico, con las ropas desgarradas y restos de pelea y riña en su rostro.

Tomó rumbo a su apartamento, hacia el norte de la ciudad, transitando por una calle concurrida, lentamente y cabizbaja, creyéndose y siendo en realidad el centro de atención de todas las miradas y pensamientos.

– No se acerque a la loca, niño, oyó cuando alguien advertía de forma alterada y alarmista,  sintiendo solo el correr asustado y huidizo de unas piernas inquietas y pequeñas cerca suyo.

Sentía cómo la evitaban. Sentía cómo la gente de la calle la evitaba, pasando lejos suyo y no mirándola de frente.

Ya, en su apartamento, en su hogar, con sus discos y sus libros, con sus afiches enmarcados en delgada moldura negra, resguardada en sus propias cosas, recientes pero suyas, guardándose para no estallar e intentando no mirar las imágenes que pasaban por su cabeza y que mostraban lo que le acababa de ocurrir, todo lo que le habían hecho, los golpes y los gritos, los arañazos y los insultos, y las amenazas, sobre todo las amenazas, certeras y creíbles,  -que no vuelva a tocar a mi marido, puta, que no lo vuelva a mirar, siquiera, mala mujer, si lo vuelve a ver le quito los ojos, y después le saco el corazón, se lo aseguro por ésta-, y hacían la cruz con el índice y el pulgar, garantizando de esa manera el cumplimiento de la sentencia ante la desatención de la advertencia hecha, -que a mi hijo me lo deja tranquilo porque es un hombre casado, con mujer y responsabilidades, y si lo sigue asechando y provocando, la mato en mil pedazos, que pongo al Señor de testigo, desgraciada,- sin darse tiempo para descansar, al menos un momento con el cual se le de al cuerpo un respiro, al menos un pequeño descanso, de forma apresurada, inquieta e impulsivamente, sin pensar, tomó un poco de cosas a la ligera, a manotadas, lo que saliera de los dedos, como cuando alguien, en una sesión de magia, introduce su mano dentro de una bolsa negra para sacar algo al azar, sin escoger por colores o por prendas, sin darse cuenta qué está a la moda y qué no, sin preguntarse qué le gusta más, sin interesarse en ello, a la buena de Dios, y las introdujo en una maleta grande, tontamente grande, su gran maleta que a todas partes acompañó, dejando bastante más de la mitad de su ropa en sus cajones y en sus perchas, para que se queden ahí y no vayan con ella, y sin saber qué decirle a Alejandro, sin saber si decirle algo y sin llorar, pensando en dejar una nota que no dejó, o cualquier guiño que él entendiera, cosa que tampoco hizo al no creer recordar un lenguaje común entre ellos, lo que sea, al darse cuenta hasta ahora, sólo hasta ahora, que no habían sido capaces de crear un código secreto de amantes, simplemente por que nunca fueron amantes, unas palabras cortas que equivaldrían a decir cuánto te quiero, mi amor, que mostraran cómo de grande es todo lo que siente el uno por el otro, tan grande como un castillo, corazón, sin hacerlo tal vez por que nunca hubo, de parte de ella, al menos, amor hacia él, siquiera ternura o respeto, al no saber expresar de una u otra forma lo que iba a hacer, y menos aún por qué lo iba a hacer, sin tan solo agradecer, ante ese gran vacío, se limitó a dejar sus llaves en el cenicero de la mesa central de la sala, sin más, haciendo que queden visibles, y tras cerrar con delicadeza la puerta de entrada, salir de ahí, rumbo a una nueva vida. No supo saber cómo se sentía, pero lo que sabía con seguridad absoluta, es que quería salir de ahí.

Después de haber cerrado, teniendo la certeza de no tener ninguna llave en su haber, sabiendo que no podrá volver a entrar, recostó de espaldas su cuerpo contra la puerta, poco a poco, sintiendo en primera instancia la cabeza tocar la madera, golpeándola dos veces, suavemente, sólo paras sentir, para acto seguido, apoyar los hombros y hacer presión hacia atrás, sin hacer daño, para irse armoniosamente envolviendo, como una bailarina, retorciéndose hacia abajo, y quedar al final apoyada sólo por la planta de los pies, y el cuerpo abrazado por sus brazos, envuelta en ellos. Cerró los ojos para pensar, sólo pensar, meditar, y nunca supo que quedó en esa posición, rígida y flexible a la vez, durante cincuenta y cuatro minutos, cincuenta y cuatro minutos que para ella serían no más de diez, inhalando el aire tal como una vez había leído, dejándolo unos segundos en el estómago, como haciendo una bola con él, como si el aire fuese parte de la comida, y exhalándolo con fuerza, tal como se expulsa al demonio y a las brujas, a los malos aires y a los espíritus malignos, mientras clarificaba, en esos cincuenta y cuatro minutos, qué iba a hacer después, a dónde se iba a dirigir, haciendo el análisis mas concienzudo que jamás hizo sobre su vida pasada, presente y futura.

Transcurrido ese largo tiempo de meditación, se puso de pie nuevamente, y manteniendo aún los ojos cerrados, sintió haber tenido la terapia más productiva y benéfica de su vida. Nadie le hubiera aconsejado con tanta claridad sobre todo y sobre el qué hacer, como lo hizo ella misma en esos largos minutos.

Con la mente clara, bajó en el ascensor panorámico, mirando sin mirar, sintiendo solo el vacío que deja en la boca del estómago el bajar, y confiando en no tener compañía hasta el primer piso. Esperaba poder estar sola en ese pequeño cubículo los pocos segundos que pasan los cinco pisos, ella sola consigo mismo y con todo lo que se le pasaba por la cabeza en ese momento, deseando que no entrara también otro vecino, un agradable vecino al cual se le ocurriera reconocerla y preguntarle con una enorme sonrisa de condescendencia y pesar, que qué le pasa señorita, Francisca se llama usted, ¿verdad?, que si no se ha dado cuenta que tiene la ropa desgarrada y con rastros de sangre en su cuerpo, que si requiere de ayuda, que si desea que llamemos a su marido, el joven Alejandro, a inquietarse tal como se inquieta un buen vecino, hay que llamar a la policía, urge convocar a las autoridades, hay que conseguir un doctor, la ambulancia y los paramédicos deben hacerse presentes, pedir socorro a urgencias, a tocarla en la frente para constatar las heridas, verificar su temperatura, a saber si de casualidad no la habrían atracado, robado con intimidación, asaltado, violentado, golpeado, o peor aún, violado, válgame dios, es que ni en su casa puede uno estar tranquilo, pero usted, ¿va bajando, o subiendo?, señorita.

Por fortuna, nadie bajó con ella y no tuvo que hacer lo que no sabría qué iba a hacer, porque sí tenía la certeza absoluta de saber o intuir que si alguien se entrometía en sus asuntos en ese preciso momento, si cualquiera le aconsejaba sobre las cosas de la vida y el buen proceder, si alguien osaba actuar con responsabilidad ciudadana y de buen vecino, como un buen padre de familia, colaborador y solidario, si alguien se atrevía a tocarla, siquiera, o aconsejarla para que no duela mucho, algo extraño iba a pasar y ese alguien iba a pasar un mal rato. De eso sí que estaba completamente segura.

– Si algún pendejo se llega a meter en mis cosas ahora, en este preciso momento, le corto las venas con los dientes, pensó, dudando bastante en hacerlo realidad.

Abajo, en los salones de la recepción del edificio, no supo agradecer, ahora tampoco, como no lo hizo de entrada, hará algo cerca de una hora, el gesto del portero del edificio, el portero de siempre, el de todos los días, con su actitud de ayuda que a todo momento ella había agradecido mostrando su hermosa cara, el portero que le abría en dos las puertas cuando llegaba, con un muy buenos días señorita Francisca y una amplísima sonrisa y sin mirarle a los ojos, el que gentilmente corría a paso corto cuando ella ya había entrado, unos pasitos adelante suyo, para llamar el ascensor, el que se ofrecía sinceramente a cargarle las bolsas plásticas del mercado, todo hecho de buenas maneras y de corazón, con toda la educación y el tacto necesarios, sin llegar a intimidades que no existen, guardando las formas, las composturas y las distancias, tal como a ella le hubiera gustado. Ahora, como hace algo cerca de una hora, él le abría la puerta, y no supieron entender, ni él ahora ni ella después, por qué salió sin decirle adiós, hasta luego y gracias, diciéndolo con su nombre, como siempre le había dicho, don Alberto, don Albeiro, algo así. Simplemente, evitando mirar a don Alberto o don Albeiro, como se llame, a su portero de siempre, y en completo silencio, descendió las imponentes escaleras de mármol.

Ya, de vuelta a la calle y con la luz del día, logró verse la camisa desgarrada y sin gran parte de sus botones, abierta por partes, al notar un pequeño rastro de sangre en una de las mangas del chaquetón, mientras jalaba su gran maleta con rueditas.

Se dio cuenta que ni siquiera había entrado al cuarto de baño de su apartamento para lavarse, para asearse, para arreglarse, para peinarse, para maquillarse o desmaquillarse, o al menos para echarse un poco de agua en la cara.  Ni para cambiarse de ropa.

O tan solo para verse.

Se sintió sola. Se sintió inmensamente sola.

Francisca comenzó a caminar arrastrando su maleta, intentando ajustarse su ropa al cuerpo, subiendo el cuello de la camisa, parando su caminar y cerrando hacia sí todas sus ropas con las manos, con los brazos, estirando sus extremos con fuerza e ira, cruzándose entre ellos sin haber frío, sólo por reflejo y porque sí y, mirando al piso, dirigiendo su mirada fijamente a las baldosas que va pisando, sobre las cuales va caminando, en las que va a pisar, contándolas al pasar sobre ellas. -Quince, dieciséis, diecisiete, va contando.

– No se acerque a la loca, niño, oyó nuevamente, sabiendo que quien hablaba esta vez era diferente a la que habló con las mismas palabras hace un rato. Sintió, eso sí, nuevamente, el correr asustado y huidizo de unas piernas inquietas y pequeñas cerca suyo.

No sabía si verse en un espejo y tampoco sabía dónde habría un espejo. Se limitó a caminar.

Fue reconstruyendo todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Se acordó sin terror de la encerrona que le hicieron esa misma tarde, de los golpes e insultos que recibió, sintiendo ahora un dolor intenso en el pecho, sin querer tocarlo para no constatar nada. Recordó también las humillaciones y arañazos soportados, e intentó descifrar lo que estaba pasando con su vida, el antes y el después, y a pesar de lo poco que le recomendaban y decían días antes un poco de conocidos del trabajo que más o menos sabían de su historia, mucho más menos que mas, por lo poco que ella les comentó de ella y de su vida, poco, muy poco por lo poco o casi nada que los conocía o interesaba, decidió que no tenían razón. No tenían razón por lo que comentaban y menos aún por lo que recomendaban y sugerían, como si supieran los porqués de todo, como monjitas rezanderas y mojigatas, pensó, con dobles morales y pensamientos marchitos, retorcidos y perversos, crueles y maliciosos, envidiosos. moralistas. Y no tenían razón por una razón muy sencilla y lógica: Ellos no conocían de su vida y estaban opinando por encima y a la ligera de cosas que apenas entendían, como siempre pasa con la gente, que con la mínima información pretenden solucionarte la vida, sin tener antecedentes piensan tener y creen saber la solución de las cosas, sin saber nada te recomiendan sobre todo; así es la gente, como cuando, pensó Francisca en un ataque de súbita inspiración, los curas, eso, los curas, que están convencidos que la gente se mete en la cama para tener niños, sólo para eso, y prohíben entonces el uso del condón porque, lógicamente, para qué la gente va a usar el condón si está en la cama precisamente para tener niños. La lógica del absurdo. La abstención o hacer niños, se dijo risueña Francisca, los curas sólo ven eso, cuando no se dan cuenta que la gente va a la cama no a tener niños, como quieren ellos que piense la gente, sino que la gente va a la cama a gozar y a retorcerse y, precisamente, para no tener niños, es que usan el condón. Quedó feliz Francisca con la deducción que acababa de hacer.

Tarados, pensó con una firme convicción. Eran unos tarados. Todos los curas eran unos tarados.

Francisca siguió caminando por la calle, arrastrando su maleta, extraviada pero aparentando saber cuál es el rumbo y, de repente, tras haber pensado lo de los curas y los condones, soltó una sonrisa que le iluminó la cara, de forma repentina e impensada, sin razón o motivo, como cuando se enciende la luz en un cuarto sin que nadie haya hecho nada para que se prenda.

Imaginó con total certeza que estaba fea y desarreglada, o bien desaliñada  y descompuestica, como hubiera dicho su madre, con la ropa rota y con cicatrices en el cuello y en el rostro, con restos de sangre suya en las mejillas, sangre seca, de feo color, craquelada, con el pelo alborotado y en desorden, completamente desbarajustado, sucio y cochino, dirigido a todas partes, despeinada, ajá, ajá, dijo entre risas para sí misma, siguiendo la melodía de la canción, despeinada, ajá, ajá, pero cada vez más convencida que cuando se le pasen las cicatrices y los moretones, mañana o pasado mañana, o en una semana, no importa, cuando todo pase y cuando ya nada duela, le quedará y será visible la juventud y su belleza.

Mañana ese par de putas seguirán igual de feas, se dijo, mientras seguía caminando con una sonrisa cada vez más abierta. La maleta grande cada vez le pesaba menos. -Y pasado mañana y tras pasado mañana. Siempre seguirán siendo feas-, decía, mientras caminaba cada vez de forma más resuelta. -Feas y con las tetas golpeándose con las rodillas-, se dijo, absolutamente radiante. Feas y desdentadas, además.

Ahora era consciente de ser mirada en la calle por la gente, gente que veía con miedos y sustos de ser asaltados por esa mujer de cuidado, de ser ultrajados por esa mujer tan asustadora que se ve que viene, que se acerca, cada vez más cerca, en esas pintas y esas fachas tan espantosas, tan asustadora e intimidante, y sentía ella el zigzaguear de quien viene de frente: la ese del cobarde que nunca va en línea recta, evitando los obstáculos y la gente que no quiere ver.

La evitaban.

Era notorio que la evitaban.

Olía cómo, cuando ya la gente quedaba atrás suyo, después de haber pasado a su lado, no cerca sino lejos, mirando, ahora ellos, el piso, cobardemente, se volteaban para verla al menos de espaldas, un perfil lejano, por que no tenían la valentía de haberla mirado de frente, cara con cara y a los ojos. Sentía la mirada de la gente hurgando en su nuca, pretendiendo ver los rasgos que no lograron ver.

No solo tarados.

Además eran cobardes.

Y en un signo de absoluto reto, levantó por primera vez la vista, hacia el frente y a lo alto, retadora, y para su placer, su enorme orgullo, constató en presencia viva que toda la gente que a su lado pasaba, evitaba mirarla. La habrían visto dos o tres cuadras atrás, de lejos, a mil o dos mil metros, aprovechando con la lejanía meterse en su intimidad, escarbar en sus ropas, cosas de las cuales, ahora lo sabía, eran incapaces de hacer ya, cuando estaban a un metro de distancia.

Cobardes y gallinas, pensó.

Mientras seguía caminando, no pensó en Alejandro ni en sus padres. Ni en los compañeros de trabajo que no conocía.

Tampoco pensó en las brujas que le habían hecho todo eso.

Pensó que la maleta que había escogido, era realmente muy grande, y caminar hasta su nueva casa con esa maleta tan grande sería una estúpida pesadilla.

Paró en seco su caminar e hizo detener el primer autobús que vio. Con el reto de esa nueva Francisca que estaba conociendo, pero a la cual no temía, se atrevió a pasar frente al conductor sin hacer ademán alguno de pagar el pasaje. Y no pagó el pasaje.

El conductor no quiso verla, mientras ella sólo pensaba en Ezequiel.

Ezequiel repentinamente había llegado a su mente. Ezequiel y las cosas que le hacía.

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