Recuerdos imperfectos

2.018

Sinopsis

Una novela más de aquel género de las novelas de dictadores.

Para graduarse de escritor en América Latina y España hay que escribir una gran novela de dictadores.

Pues ahí va esta

Nada se salva de la afilada pluma del bogotano

Revista Cambio

Primeras páginas

El sofá principal de la salita es del color rojo adecuado para un sitio de estos, rojo digamos que burdelesco o de mal gusto, pésimo gusto, color vino tinto apagado y la pregunta que uno debe hacerse es por qué razones los muebles y adornos en este tipo de sitios agreden a la vista. Y el sofá es bajito, como de seis o siete puestos dependiendo ello si la gente se sienta en diagonal o recto o si es gorda o flaquita, pegadito al piso con sus paticas de plástico negro brillante que no superan los nueve centímetros, tan bajito será el sofá que para poder levantarse para ir al baño o atender otras necesidades o ya sea que el cliente ha sido llamado al campo de batalla, hay que apoyar la palma de la mano contra los ladrillos del piso y hacer fuerza circense hacia arriba con la cintura y la pelvis para enderezar la espalda y levantar el cuerpo. Es simpático ver a la gente en esos trances.

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Estaba yo ahí, sentado, las rodillas pegadas a la mesita de vidrio con marco azul turquesa y viendo la alta barra contigua a cargo de un alocado muchacho con el pelo pintado de un rubio alarmista mientras soy atendido por las muchachas del lugar que me coquetean, me miran y ríen. Saben que si logran su cometido y yo doy el chasquido con mis dedos, ellas cobrarán lo que cuesta acostarse con una prostituta que en un sitio de estos no debe ser muy caro pero algo debe costar. Pero aclaro para que todo quede diáfanamente explicado que yo estoy aquí no porque haya ido de putas, estoy acá porque quiero empaparme de estos ambientes ya que mi novela, mi ópera prima, será un thriller ambientado en estos bajos mundos y en donde un inquietante y ligeramente corrupto policía recientemente jubilado y siempre con un pucho en los labios intenta averiguar las causas de la violenta muerte de un cliente muy importante y rico, banquero seguramente, un cliente consuetudinario casado con una elegante y aristocrática dama que quiere saber toda la verdad de todo, averiguar en primera instancia porqué su marido llegó a caer en esos bajos mundos y lo que es más trascendental, porqué fue asesinado, y si bien la historia puede parecer banal y simple, un recalentado de obras famosas ya escritas, debo aclarar primero que la novela tendrá un alto contenido literario, no estará plagada de lugares comunes y la elipsis será la reina de todo, y segundo, que yo soy de los que creen que para escribir de los sitios primero hay que conocerlos, las inventivas no valen y hay que escribir sobre lo que se sabe y conoce y se ha visto y se ha olido y olfateado y nunca es bueno hablar de lo desconocido ya que ello es menester propio de los poetas y demás soñadores, además que soy convencido que de una historia aparentemente sencilla un buen literato logra siempre obtener todos los frutos deseados cuando simplemente se pone en la tarea. En esas estoy.

Ah!, casi me olvidaba, soy escritor. O aprendiz de escritor, si quieren.

Pues bien, andaba en esas, anotando mentalmente cosas como por ejemplo la delicada manera como estas mujeres toman un vaso de plástico o cristal, haciendo presión con los dedos pulgar y medio, manteniendo contraído el índice y estirados el anular y meñique, casi que con maestría y conocimientos, como imaginamos que lo hacen las princesas europeas en épocas decimonónicas o también la precisa manera como salen los clientes después de los cortos minutos de gozo máxime entendiendo yo que después del fin del amor debe apurarse el cliente porque cada minuto de demora en la puesta de prendas y cierre de cremalleras y anudadas de corbata puede costar una barbaridad. Anotaba cosas, digo, como la forma supuestamente profesional como prepara un coctel con tres tragos y un néctar de frutas aquel muchacho de pelo amarillo y quien agita en el aire cocteleras como si fueran maracas,  cuando se hace notorio por el peso y ruidos que se sienta a mi lado con muchísimas señas de incomodidad un señor que cualquiera diría que tiene unos setenta años, pero que parecía a ojos de buen tasador o actuario que va bordeando los noventa. Mirada directa, frente pecosa y muy amplia, sonrisa labial, rostro plácido, papada generosa, bajito y panzón y luciendo un vestido de tres piezas, saco chaleco y pantalón, azul con rayitas blancas, de tiza que llaman y corbata verde con unos dibujitos que parecieran de minúsculos animales que no logro detallar. Está borracho, su borrachera es notoria, o más que borracho anda en esa felicidad previa a la borrachera en donde todo es maravillosamente bonito. El anciano se sienta a mi derecha, mas o menos como a un metro de distancia, abre sus piernas con vulgaridad y mientras me mira como inspeccionando me dice algo parecido a buenas noches señor, balbuciendo las palabras y sonriendo sin lucir los dientes.

Ya es de noche, las once calculo. Son cerca de las once. Yo llegué como a las diez y ha pasado un tiempo que puede ser de una hora, he tomado un ron me dijeron que dominicano con cierto sabor dulzón gracias a unas gotitas como de miel o panela y del cual sólo queda un descolorido pedazo de limón aplastado al fondo del vaso vacío y le respondo con mi mejor educación buenas noches señor, añadiendo un chiste o comentario que se me ocurrió en ese segundo. No llego a recordar las palabras exactas que dije, pero fue algo así como que este sofá es cómodo, se está bien aquí, confortable es, pero para levantarse hay que obtener la ayuda de una grúa. No soy persona de chistes fáciles u ocurrencias parecidas, pero casi que sin pensar, había dicho lo que dije.

Y contra toda prevención, mi próximo contertulio exhibe su mejor sonrisa a mi oportuno y acertado chiste nocturno y repite con voz queda y cerrando los ojos: -una grúa, y vuelve a reír pasivamente. -Una grúa, para levantarse de acá debe ser con ayuda de una grúa, repite casi enseguida con voz casi que infantil y sin comprenderse todo lo que dice, celebrando aun mi broma y bajando notoriamente la calidad de su sonrisa.

-Don Zoilo, oigo que dice una muchacha que con las palmas de sus manos se apoya en sus rodillas, ¿qué te provoca tomar, el whisky de siempre?  Mi vecino se limita a asentir con la cabeza, tal vez le puede incomodar soportar todo el peso de la muchacha en sus rodillas y fija su mirada en el llamativo escote que tiene a menos de medio metro mientras acaricia una de sus manos.

-Si amor, le dice, traéme otro whisky.

La muchacha se acerca al joven de los pelos amarillos, le comentará sobre el whisky solicitado e intento escudriñar en mi vecino que se relame los labios como si su whisky ya estuviera en sus manos. Me mira y me siento incómodo, como si estuviera juzgando mi presencia en un sitio de estos y preguntándose con justos motivos qué carajos haré yo aquí.

-¿Vos a qué te dedicás?, pregunta, y me llama la atención aquel tuteo que creo no corresponde a un señor de su edad y que me obligará a contestar usteando cuando el que tutea siempre lleva la ventaja aunque no sé cómo son las prioridades en las charlas con gente tocada por los efectos del alcohol.

-Soy escritor, le miento. Escribo novelas y relatos, aclarando algo que no necesita ser aclarado y sabiendo sólo yo que hasta la fecha no he escrito una sola novela y apenas tengo muy pocos cuentos y relatos sin corregir y que simplemente sólo son tareas de clase en la materia de creación literaria con mi querido profesor Boix y Ríos.

-Ajá, me dice éste con desgano, el típico desgano que imagino se recibe cuando uno dice que se dedica a escribir. Parece haber recibido mi información con la misma emoción que yo puedo manifestar si usted me dice que se dedica a contar las sillas que hay vacías en los buses públicos. –Qué emocionante, podré pensar cínicamente.

Yo me quedé callado, pensando en el acento que oigo y que me suena a argentino, uruguayo, del sur, ese hablado arrastrado, cantadito, a la vez que también puede ser perfectamente el hablado de un borracho o de alguien entonado por los tragos, o hasta puede ser paisa por lo del vos, cuando oigo que aquel señor de unos setenta años mal llevados me afirma en tono de reto: -Si yo te cuento mi vida, te vuelves rico con la historia y tu novelita se venderá hasta en Indonesia, sonriendo y enseñando por primera vez unos pequeñísimos y parejos dientes color nácar.

Yo le miro sin saber qué responder o qué comentar o qué decir. Bajo la mirada y miro la mesita con el marco azul turquesa.

-¿No sabés quién soy?

Subo los ojos y le miro. No digo nada.

Me llama profundamente la atención el personaje. A primera vista parece que hablo con una paloma. Me explico. Las palomas tienen el pecho levantado, como las modelos de minifaldas llamativas. Igual este señor: el pecho, a la altura de los hombros o el esternón mediría el doble de uno corriente. Parecía una paloma, repito. No sé cómo es que llaman a la gente con el pecho levantado, como las palomas, pero sé que esos tienen un calificativo.

-A veces quedo aterrado con la ignorancia de los jóvenes de hoy. Oigo sus palabras y le miro de reojo. Sé que me está descalificando y eso no me gusta cuando apenas me conoce. Está mirando al fondo, al pasillo que comunica con los cuartos de este puteadero, y sus ojos parece que reflejan la sobria mirada de un pensador o un sabio, como si su frase premonitoria le hubiera hecho ascender tres escalones en el mundo del intelecto humano, como si el pendejo este por decir lo que afirma fuera ahora el Sartre del siglo veintiuno.

-Jovencito, me dice, ¿de verdad que no sabés quién soy?

Me aburre mi contertulio. Me emputa este viejo engreído  y mientras pienso en dónde estoy y con quién estoy, siento que el sofá se mueve y cuando me percato de lo que ocurre tengo a mi amigo el anciano pegadito a mí, hombro a hombro.

Por un segundo pensé que me iba a proponer juegos indecentes, no en vano nos encontramos donde nos encontramos y además que no recuerdo quién me comentó cuándo que los viejetes como este son tremendamente pervertidos y no hacen sino sugerir cochinadas indescriptibles a los adolescentes. Estaba en mis pensamientos cuando en forma directa acerca su cara a la mía, me mira a los ojos con sus ojos de borracho desde una mínima distancia y siento y huelo su aliento fuerte y pesado, feo, asqueroso.

-¿A que no sabés que yo fui presidente de la República occidental de Panguanita?

Mi silencio fue lógico y entendible. Todos saben que la República de Panguanita, sea oriental u occidental, no existe como país. Panguanita, ¡menudo nombre! Y no estaba yo para oír necedades de un viejete borracho y senil que debe pasar su soledad en un burdel digamos que de clase media y además que lo que quiere, y eso se nota a leguas, es lograr intimar conmigo. Viejo marica es lo que es.

Se acerca más a mí, voltea el cuerpo hacia la señorita que se mantiene aun en la barra y le grita niña niña, traenos otro whisky y para aquí mi amigo el escritor servile lo que quiera, que yo invito, extendiendo su mano para que yo le salude a la vez que me dice me llamo Zoilo Hernández de las Heras, de Zapallar, la capital, allá en lo que era Panguanita, sabés de qué te hablo, ¿verdad?

En poco más de media hora me entero que hace pocos años existía al sur del continente americano un país llamado la república occidental de Panguanita y cuyo último presidente fue mi amable vecino, quien generoso como pocos me invitó a cuatro whiskys adicionales y pagó sin chistar mi cuenta que incluía aquel ron inicial con su peculiar sabor dulzón.

-Yo era como un Pinochet a lo pequeño, muchacho, imponiendo orden y desarrollo, me dijo ya al final cuando las palabras casi no le salían de la boca a causa del alcohol ingerido.

Salí a las dos de la mañana, con miles de datos en la cabeza que no sabía si eran verdad o mentiras y unas ganas tremendas de ir a dormir.

Cuando salí, mi amigo el presidente ahí seguía, hundido en ese sofá y lo último que me dijo antes de mi despedida es que no me acompañaba a la salida ya que él se iba a recargar las baterías. Creí comprender qué quiso decir con eso.

Ahí estaba yo, en Bogotá, al norte de la gran América del Sur, con veinticuatro años cercanos a los veinticinco y un pronto diploma de escritor que enmarcaré en mi habitación al ladito del collage de fotos de mis dioses Cortázar, Marito, Gabito y Rulfo que tengo de fondo de pantalla en el computador, encendiéndolo a las tres de la mañana para saber qué dice el mundo sobre un país supuestamente llamado la República de Panguanita que yo no creo que exista si en mi vida he oído hablar de esa vaina o qué dirán los astros de un tal Zoilo que más parece un  contador de cuentas ajenas, un notario sin éxito mal trajeado con no recuerdo qué apellidos que los tengo anotados en mi libreta de literato que mi profesor de creación literaria en la Universidad Central, el cojo Boix y Ríos, siempre decía que un buen escritor siempre debe tener a mano un cuadernito en donde anotar locuras y demencias y uno que otro apunte interesante, y así como al médico se le identifica con el caleidoscopio, el metro para el arquitecto o el pincel para el artista, la huella del novelista no es otra que su libreta de apuntes.

Mi madre abrió la puerta de mi propia habitación, sin alertar por la intromisión, y me pregunta qué hago despierto a estas horas tan tardes y se alarma más aun cuando me ve sentado frente al computador todavía sin activarse y entra a la habitación y tocándome la frente me pregunta si estoy bien, si me siento bien, que me vaya a dormir casi que ordena tal como me indica todas las noches que me desvelo o llego tarde a casa y yo le digo que ando intrigado, que la cabeza me da vueltas, que acabo de conocer a un señor que dijo llamarse Zoilo no recuerdo qué apellidos, viejito y encorvado vestido de oficinista, como si acabara de llegar del trabajo, a quien conocí en la universidad, mentí, y quien me dijo que fue presidente de un país por allá cerca de Argentina, al sur de todo, a lo que me dice, tomándome la cabeza con ambas manos, ay mijito tú y tus ocurrencias tú sabes que yo no sé de eso de la política, pero mañana le puedes preguntar a tu padre, que tu sabes que él si sabe de eso de los gobiernos y las guerras, pero mijito vete a la cama que no son horas de andar despierto.

Me dio un beso en la frente, y llegando a la puerta y haciendo señas con su dedo índice me indica, otra vez, que son horas de dormir y no de andar jugueteando en el computador y tras ello cerró no sin antes mandarme un besito por los aires antecitos de sonar un portazo.

Google tenía poca información. Había dos o tres páginas de Wikipedia y variada información adicional en donde se habla de la república de Panguanita, supuestamente ubicada al sur del continente americano, entre Argentina, Paraguay y Bolivia, y hablan de sus cortos meses de independencia entre septiembre y diciembre de mil novecientos noventa y siete. No se habla de presidente o elecciones democráticas sino que de una vez habla del dictador Zoilo Hernández de las Heras, un sangriento y pintoresco dictadorzuelo que presenciaba en directo los interrogatorios que realizaba su propia policía política, las temibles panteras grises. Una página decía que le dio golpe de estado al anterior mandatario, don Paco Estigarribia.

Dedica varias líneas a hablar de sus nexos con el llamado Cartel de Cali y cómo, al final de su mandato y para evadir sus responsabilidades penales ante la justicia argentina y la Corte Penal Internacional, el entonces presidente colombiano, que también tuvo sus nexos con ese Cartel, le ofreció generoso (así decía una de esas páginas) asilo político.

-Fue, parece, presidente por poquitos meses de un país del cual no queda nada, pensé.

No supe qué deducir o qué decir, quedando intrigado por la parte colombiana del relato y quise que mi papá estuviera despierto ya para que me cuente todo lo que sabe de ese país y de ese enigmático personaje con quien yo había compartido unas pocas horas y me relate qué presidente colombiano andaba de presidente en mil novecientos noventa y siete o por ahí cerquita pero antes de dormir tuve el despropósito de caer en una página de internet en donde se afirma que todo no pasa de ser una ficción convertida en sueños de grandeza por parte del hacendado Hernández de las Heras y un pequeño grupito de terratenientes del nororiente argentino aburridos de pagar impuestos en Buenos Aires y que simplemente quisieron tener sus propias reglas de juego.

-Genial, pensé. Genial rebelarse para no pagar impuestos ayudado con un poquito del maravilloso y fructífero negocio del narcotráfico.

La cosa, por muy irreal que parezca, parecía que iba adquiriendo un color interesante. -¿Que qué sopa voy a preparar con todos estos ingredientes? No tengo idea, pero de lo que sí tengo seguridad es que no será una sopa insulsa.

 

Desperté tarde y papá ya no estaba. Como a las once de la mañana desayuné un cereal con frutos secos, un banano  y una granadilla y con prisas, sin lavar u ordenar nada, a eso de las doce del día, salí a la universidad no sin antes aguantarme de parte de mamá toda suerte de regaños por llevar una vida disipada y desordenada, en donde me acostaba a las tantas y no comía nada.

-Antonio, ¿y no lavas la loza que ensuciaste? Ante mi silencio me recrimina por no recoger el reguero que dejo.

Tengo prisa y ella se va a quedar. No entiendo el alboroto.

Sin embargo, antes de cerrar la puerta, ya me estaba enviando un besito por los aires.

Tuve sólo una clase, ya que la ventaja de estar en el penúltimo semestre de universidad es que las materias son bien pocas al deber supuestamente estar uno comenzando a prepararse para la tesis de grado. Me perdí la clase por estar durmiendo. Hablando de la tesis, yo estoy aun biche con el tema, apenas le he planteado a los eventuales directores tres o cuatro ideas o temas buenísimos que han sido rechazados de plano dizque por superfluos e inocentes  y tal como les dije en un principio, creía que puede ser interesante trabajar el tema de los prostíbulos y sus clientes conjugado con un tema detectivesco y un extraño caso de asesinato de alguien bien picante de por medio. Con la joda de mi mamá, que ya me tiene mamado, con el temita de que yo no hago nada y que por qué me dio con eso de estudiar como profesión literatura cuando a mí los números se me daban tan bien, dice ella en sus sueños, y el encontrarme con la Fabiola y Gutiérrez que son como mis compañeros de todo o casi todo pues la pensadera sobre ese iluso dictador o presidente del país de Panguanita o lo que fuera se fue difuminando a medida que hacíamos planes para la tarde – noche ya que había un grupito de jazz que toca en el centro y a los tres el saxofón con el piano siempre nos ha parecido que hacen una pareja de ensueño y más si el piano lo toca nuestra buena compañera y amada Roxana la pelirroja que estudia con nosotros y quien dice que mientras llega la inspiración literaria no se le puede hacer mala cara a una bonita melodía. Además que yo le estoy tirando los tejos a Roxana y la Fabiola y Gutiérrez me hacen el empuje ya que a ellos les interesa que salgamos los cuatro como dos parejas.

En fin, nos fuimos a oír jazz y la Roxana no me paró ni cinco de bolas. Solté apuntes y chistes de los míos, y la india ni caso. Es más, creería que nunca supo que yo estaba ahí en primera fila siguiendo con mi desentone los acordes de su puto piano.

No recuerdo qué día me topé con papá en casa y le comenté que me había encontrado por la calle, segunda o infinita mentira, con un señor quien me dijo que fue presidente de un país cerca de Argentina llamado algo así como la república occidental u oriental, no me acordaba, de Panguanita, cuya capital es o fue Zapallar y mi padre, pragmático y directo, burletero como pocos me dijo que tenía poco tiempo para oía sandeces y me retó a que mire el mapamundi para verificar cuáles son los países de América Latina y ver si algo parecido a Panguanita o lo que yo me invente hará parte o no del continente. Le comenté algo de lo que encontré en internet y me afirmó que la mayor parte de las cosas que aparecen en internet son simples mentiras ya que lamentablemente estamos ahora sumidos en un mundo en el que cualquier mequetrefe con tres días de estudios y medio dedo de frente es capaz y está facultado para montar una página que todos piensan que son inteligentadas de un genio sabelotodo, cuando no pasan de ser afirmaciones sin fundamento hechas por un ignorante más.

-Ups, pensé.

-Antes, me dice papá, sólo los lúcidos y estudiosos publicaban libros. Hoy, cualquier bueno para nada puede decir lo que quiera desde la vitrina de la ignorancia y a eso lo llaman desarrollo. Si te dio por estudiar literatura, pues al menos usa la cabeza para saber qué vale la pena y qué no.

Y salió de casa sin oír mis argumentos y sin darme tiempo para preguntarle sobre aquel presidente colombiano ligado con mi enigmático Zoilo.

 

Estuve varios días pendiente de la universidad, pilas con todo, oyendo discursos magistrales sobre la ciencia de la literatura, ciencia de la cual yo siempre he dudado que sea ciencia ya que ser ciencia significa ser verdad, y siendo afanado por todo el que veo que me indica que los plazos para entregar el temario a desarrollar o lo que denominan tesis de grado se termina ya. Ya se han vencido los plazos, pero para los morosos hay un plazo adicional. Por ello, para ver si llenaba mi libretita de apuntes ingeniosos o valederos, para ver si comienzo de una buena vez con mi tesis es que volví a Machos al cabo de dos o tres días, a eso de las diez de la noche y quisiera que quede claro, de una buena vez,  que yo voy a Machos, de una parte jamás a buscar aventuras falsas y porque aquí nadie molesta si uno sólo se sopla un trago pequeño que es carísimo pero peor es nada,  y por ello apenas llego le pido un Cuba libre que es el trago más barato de todos al muchacho de pelos amarillos quien comienza a prepararlo como si juntar un poco de ron con coca cola y hielo y una hojita verde con una rodajita de limón y un pitillo rojo, tuviera un gran misterio y sólo se pudiera hacer si media todo el show que hace frente a mis ojos como si estuviéramos en un casino de esos famosos de Las Vegas mientras miro a las niñas que se me acercan para ser invitadas a un trago y después a que las lleve a un cuarto a decirles con palabras mudas que no, que gracias, que hoy tampoco vine de putas y que sólo quiero ambientarme ya que voy a hacer mi proyecto de grado sobre una historia de ficción ambientada en un burdel. Mi pequeña libreta de apuntes que sostengo en mis manos creería que lo dice y explica todo.

No creo que ellas entiendan mucho. Para mí que en este tipo de lugares tan sui generis las letras no se llevan bien.

Bueno, una vez recibido mi vaso con mi “pasión dominicana”, me senté en el bajito sofá rojo del cual antes ya les comenté algo y no por hacer el papelón de intelectual sino porque me nació del alma, dejé ver de forma notoria mi libretita y la pluma, los dos compañeros insustituibles del escribidor en palabras propias del cojo maestro Boix y Ríos. Y anotaba cosas, sentimientos y realidades, anoté que oigo un bolero aburrido que lamenta besos desgarrados mientras intento definir cómo es el sofá bajito en el que estoy sentado y soy consciente que eso de la descripción dentro de la inspiración no es cosa fácil ya que intento plasmar ideas en mi cuadernito, sólo ideas, genialidades que llegan en paracaídas, y cuando inclino la pluma sobre el  papel mi mano o mis dedos no logran hacer mayor cosa. Como si aquel cuatro de octubre Colón no estuviera descubriendo América.

Tenía un poco detallado el sofá, creo que hice un bonito ejercicio sobre cómo es de bajito el sofá que quien quiera ponerse de pie debe hacer mil maniobras con las manos y el cuerpo pero, definitivamente, hoy no es mi mejor día y la inspiración que llaman literaria es notoriamente esquiva o pareciera que la musa ha salido de vacaciones.

Y del fondo, de los cuartos donde las putas hacen su trabajo, le vi caminar por el estrecho pasillo hacia el espacio que pueda hacer de recepción y en donde yo tomo mis notas literarias, donde los clientes hacen los pedidos y pagan las cuentas infladas con helio, donde se escoge con quién se acuesta uno, aunque el verbo acostarse no pareciera el adecuado, y mi contertulio del otro día venía caminando lento y pausado, pesado, lo vi más anciano esta vez, cercano al siglo de vida y tomado de la mano como si estuviera de novio comprometido de una señorita que a decir verdad estaba bien bonita, alta gracias seguramente a unos tacones como de quince centímetros y tremendamente llamativa por las curvas y la cintura y el escotazo y la minifalda y todo eso de las mujeres llamativas  y quien con la mano que le queda libre intenta poner tras su oreja izquierda un largo mechón de pelo que viene cayendo desordenadamente de la frente.

El tal Zoilo, a pesar de los años que lleva a cuestas, camina como si viniera de conquistar medio mundo y ganado mil batallas, el gran general de Waterloo. Vestía el mismo traje de tres piezas de la vez pasada, camisa blanca y no supe constatar si llevaba la misma corbata con aquellos indescriptibles minúsculos animalitos. Daba cada paso con cierta lentitud y por los gestos de la cara cualquiera hubiera dicho, tal como habré explicado en otras palabras, que venía de ganar todas las medallas de oro en las últimas olimpiadas. Pareciera que le fue bien con la muchacha bonita. O usando sus mismas palabras, viene de recargar las baterías. La misma sonrisa de satisfacción con los labios cerrados y, apenas estuvo a la altura del muchacho de pelo amarillo le dijo en un tono desafiante y hasta gracioso que le sirviera el mejor whisky de toda la comarca a quinientas millas a la redonda mientras tomaba fuerzas para seguir en la lucha y obtener más aplausos y miró retadoramente el sofá rojo del cual ya hemos hablado como diciendo vamos a ver cómo hago yo para bajar hasta allá. De momento, parece que no me ha visto. Comenzó a encorvar su cuerpo y tuvo la suerte de contar con la ayuda de la señorita bonita que aun a estas alturas de la historia se arreglaba el pelo y quien con la mano que antes le ofrecía de apoyo como si fueran novios o amantes, ahora la mantenía rígida ayudando al anciano a sentarse acá abajo. A mi lado.

Una vez sentado, volteó la cara, me mira con la misma sonrisa de interrogatorio del otro día, aunque con tonos sobrios y me dice buenas noches joven como si nunca en su vida me hubiera visto y se queda acto seguido mirando como un zombi la mesita de doce patitas que también vive pegada al piso. Y como si no se acordara de mi chiste de la grúa, dice entre dientes que bajar a este sofá sería más fácil con la ayuda de varias poleas. La muchacha bonita sonríe con la broma.

No tuve fuerzas o ganas o interés para decirle oiga anciano falto de memoria, primero, que la gracia es originalmente mía, ya sea con grúas o poleas, la idea es mía, y segundo que usted me dejó hace días con las ganas contenidas de saber mucho más de ese país del cual dice que fue presidente y mire que lo que usted me diga me puede servir para mi trabajo de grado.

No le dije nada. Seguía anotando cosas sin sentido en mi libreta de literato, como la forma como la señorita que estuvo con el señor Zoilo aun se arregla el poco de pelo que le cae por la frente o cómo el muchacho de los pelos locos prepara cocteles como si fuera un delicado acto de magia o cómo entraban y salían de las habitaciones señores quienes después de salir actúan como si salieran de sus propias casas, como espantados, pero antes, durante los momentos del cortejo o la escogencia de la señorita que los acompañará demoran un tiempo con el muchacho fabricante de cocteles hablando de cualquier cosa que pareciera muy importante y decisiva en esos momentos como puede ser las lluvias que inundan la ciudad o el resultado o pronósticos de los partidos del domingo entrante que darán lugar a que el azul equipo capitalino Los Millonarios o los cardenales del Santa Fe logren finalmente obtener esos tres puntos de oro y gloria que darán un cupo para la pelea del torneo interamericano en donde, esta vez sí, carajos, esta vez sí seremos campeones.

No demoré mucho en Machos ya que en vista de que mi vecino no andaba muy parlanchín y tan sobrio como la Torre de Londres, no había remotas posibilidades que me invitara a mi “pasión dominicana” y darme el gusto de pedir otra, y tampoco es que yo tuviera tanta plata y además que las ideas que quería plasmar más mal que bien habían quedado en mi libreta de literato.

Me levanté, fui donde el barman quien me cobró por el Cuba libre una barbaridad impensable, mientras me maldecía por malgastar el dinero de esta forma tan estúpida. Cuando salí, sin despedirme y ligeramente decepcionado, mi vecino aun debería estar retomando fuerzas para continuar la batalla con la muchacha de los pelos en la frente quien parecía no afanarlo.

-Si al menos te hubieras echado un buen polvo, me recrimino a mí mismo, sabiendo que yo no estoy hecho para hacer el amor pagando por el amor. Me reía de mi situación mientras vi en el semáforo de la carrera once un bus que me dejaría cerca de la casa.

Apuré el paso y estiré el brazo.

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