Serpentinas tricolores

Novela finalista del premio Herralde de novela y publicada por La otra orilla (Barcelona 2008)

Sinopsis

Desde la pequeña (y célebre) ciudad de Fachantoná, conocida como la ciudad de las tres efes, por fría, fea y falduda, se presenta una acerada sátira política, universal, en la que la voz del autor habla con libertad (y hasta con descaro), y renuncia al realismo para construir esta espléndida narración.

Louis Guillaume, hijo de un abogado de provincias llamado Luis Guillermo Gachancetá, tras graduarse con honores y título de excelencia en el Colegio de los Santos Sagrados Padres Martinianos de la Buena Fe y Benemérita Bondad, se matricula en la facultad de derecho por indicación de su padre. Allí conocerá a Covadonga García de los Montes y Pérez del Rio, por las que sufrirá sus primeras fiebres de amor, será erigido el alumno más brillante de la facultad y terminará siendo elegido jefe de campaña electoral por un partido liberal y progresista. Inversamente, su padre se irá revelando con un auténtico incompetente.

Con muy justificadas razones fue finalista del premio Herralde de Anagrama.

Desternillante es, sí, la ceremonia inicial, con banquete no previsto por numeroso, del nuevo bachiller, gloria patria; desternillante es, sí, todo lo que tiene que ver con su descacharrante padre, el abogado de provincias

Suplemento Babelia - El País, Madrid, sept 2.009

Primeras páginas

VICTORIA

– Aló, Olga Maria, … ¿cómo le va?, …, bueno, bueno, me parece muy bien lo que quiera decirme, pero es que no tengo mucho tiempo para oír lo que me dice; más bien, hágame el favor y me pasa a mi papá, ¿sí? Y rapidito que no tengo todo el día.

Grita ya más fuerte, al creer oír algo que no quiere oír, o al sentir que tal vez no le oyen bien:

– ¿Que no quiere pasar al teléfono?

Mira a todo su entorno indispuesto, con algo de incomodidad, y mirando a todos reclama airado:

– Qué me pase a mi papá, ¿sí? Al pensar que no le entienden, aclara: Quiero hablar con mi papá, ¿me lo pasa?

Mientras espera pacientemente la comunicación, confiando en que al otro lado de la línea esté la tal Olga María buscando por todas partes al padre de quien habla, de quien habla al teléfono, y lo esté convenciendo de que pase al teléfono, y lo que es más, confiando que su papá se digne pasar al teléfono, levanta levemente la punta del pie, haciéndola mover, la punta, hacia la izquierda y hacia la derecha, en vaivén, apoyando el extremo exterior del talón del zapato contra el piso, como haciendo cuenta que está perdiendo el tiempo, que pase el tiempo mientras él espera, dejando que éste transcurra hasta que contesten su llamada, haciendo tal vez hacer creer que no hay mucha prisa en ello.

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Mientras pasa todo esto, siente que en la frente le cae otra serpentina de colores, una más, que al posarse sobre el cuello del saco la mira y se da cuenta que es tricolor, como tantas otras que le han caído durante la noche y como todas esas decenas, cientos o miles o millones de serpentinas que están regadas por el piso, de colores amarillo ancho, azul y rojo, y oye un absurdo ruido de alguien que ha sonado una corneta a sus espaldas, de esas alargadas de plástico y de colores chillones, amarillo aguacate o verde limón, de las mismas que usan en las graderías de los estadios de fútbol cuando por parlantes van diciendo uno a uno el nombre de todos los futbolistas que van a participar en el encuentro, y alguien, el dueño de la corneta e hincha furibundo, hace sonar su estruendo festejando la entrada al campo del jugador, acompañado del rugido del público. Y de las mismas cornetas que usan los payasos en las piñatas de cumpleaños de niños y grandecitos, ya más pequeñas que las anteriores, pero que siguen haciendo, de todas formas, un ruido hueco espantoso.

Es tan alto el nivel de música que hay en el lugar, que no logra oír si le responden, o no, así que determina aumentar aún un poco más el volumen de su voz, y apretar fuertemente el mango del teléfono contra su oreja, tan fuerte que cuando se acabó la llamada la tenía un poco enrojecida.

Al no poder oír bien, y sin saber siquiera si han pasado al teléfono, habla aún más alto y grita ya fuerte:

– Alo, ¿papá?,…, ¿papá? Soy yo, Louis Guillaume, no le oigo bien, ¿usted a mi me oye?

Es en ese momento el jefe de la oficina, el que manda la parada y a quien todos obedecen y quien paga todos los sueldos y salarios, uno a uno y mano a mano, en billetes nuevos, y es quien maneja a su antojo y libertad los descuentos por nómina por los préstamos que se hacen, y bastaría una fuerte y categórica orden suya de paren esa música de una buena vez, señores, dejen de bailar y de hacer ruido, para poder hablar yo con mi familia como debe ser, y no aquí gritando como un loco en un locutorio de pueblo. Extrañamente no lo hace, a pesar de que en su temperamento siempre estuvo (para los presentes en la celebración) un muy fuerte don de mando, de disciplina, y de jerarquía, como él decía, aprendido en casa y reforzado en la escuela. Es más, cerca del equipo de sonido, y en son de espera de la orden mayor, de su orden que no se dio a pesar de todos esperarla, a su pesar pero cuando toca toca, ya estaba uno de los varios dependientes de la campaña, presto, también muy a su pesar pero hay que sacrificarse a veces, a apagar la música. Y los que bailaban al oírlo hablar, daban pasos cortos y lentos, sin mirarse entre sí, y estaban atentos a, tal vez, si él así lo decide, dejar el baile una vez la música fuese apagada, sin chistar ni comentar malamente.

Y todos esperaban el grito del doctor.

No hubo grito.

Y si eso hubiera pasado, si hubiera existido una orden categórica, dada en forma normal o con un grito, o simplemente levantando la mano, todo el mundo dejaría de bailar, sin refunfuñar ni quejarse, tal vez haciendo mala cara (una leve boquita de desenfado, no más que eso, pero que no se me note), pero así él podría hablar tranquilamente.

Pero la música vallenata sigue sonando fuerte, y los acordeones se sienten en la esquina y en todas partes. Se oye algo de la casa en el aire, donde quien canta dice que quiere tener una casa en el aire, pero él no puede hablar con su casa porque el sonido de la música no lo permite o porque en su casa no hay nadie hablando con él.

– Papá, ¿me oye?

– …

– Papá,…, no se si me oye,… Aunque no quiera oírme, debe saber que no tengo mucho tiempo, pero quiero que sepa que parece que ganamos las elecciones. Los primeros boletines así lo dicen. ¿Me oyó bien lo que le dije?

– …

– Que parece que ganamos las elecciones, papá,…, las elecciones. Quee mos ga na do las e lec cio nes. ¿sí? Que tal vez las ga na mos, ¿si?

– …

– ¿Yaus te des có mo les fue por a llá?

Ante el silencio persistente, y sin saber si hubo felicidad al otro lado de la línea, o si simplemente no le oyeron, o le colgaron, decidió colgar, tal vez, para no aguar la fiesta.

– Ya hablaré mas tarde con la familia. Creo que entendieron. Total, ¿qué prisas hay?

Todos estaban muy contentos y, a cada rato, alguien cualquiera, levantando la copa, un vaso o las manos, le daba un viva al gran partido liberal y progresista, como si fuese una gigantesca estatua ubicada en todas las plazas de las principales ciudades y pueblos del país, y se repetía con un viva al doctor ya elegido, que con seguridad ya está elegido, y un hurra al doctor Gachancetá acá presente, y un qué viva a la gran patria. Y todos respondían con un ¡qué viva!, y se abrazaban como si estuvieran borrachos.

Había sido una jornada muy dura. Desde las cinco y media de la mañana habían todos comenzado su labor, y apagar la música para que le oyeran hablar con su papá no sería ni serio ni de buen recibo.

Salió de su despacho y cerró tras de sí la puerta, quedando ahora visible el llamativo letrero plástico con fondo blanco y letras rojas que decía: Dr. Louis Guillaume Gachancetá P. – Asesor de campaña, acompañado todo del llamativo logotipo del partido: Las letras ele y pe, inclinadas.

Volvió nuevamente al gran salón, miró a toda la gente a su alrededor, a Fabiana, o a Andrade, los veteranos, que estaban juntos como cosa rara y seguían al fondo saltando de la dicha, confiando tal vez en que la vida se les había arreglado, seguros de poder trabajar en muy poco tiempo con el senador, en un trabajo a término indefinido y con un sueldo decente, o tal vez conseguirse una palanca, una recomendación, para trabajar en un ministerio o hasta en una embajada o en un consulado, o algo así. Miró los afiches de la campaña que mostraban al doctor mirando al centro de la lente de la cámara con total cordialidad, de tú a tú, viéndosele más pelo del que realmente tenía, con una sonrisa apagada y a la vez atractiva, con un letrero en letras rojas acompañando el mensaje: “Por la gente, vota liberal y progresista. Vota 126. Vota por Gutiérrez Jaramillo”. El logotipo del partido liberal y progresista abajo a la izquierda era muy poco visible, tal vez para que la gente no haga la relación directa del candidato con su partido y piense que esta vez va de independiente, que está como tan de moda. Continuó Louis Guillaume mirando el ambiente: Gorros puntiagudos en todas las cabezas (hasta en la suya sentía el suyo), con un botón en la punta con el logotipo del partido, adhesivos en las solapas con la misma foto del mismo doctor y el mismo mensaje: “Por la gente”, ya sin la leyenda “vota liberal y progresista. Vota 126. Vota por Gutiérrez Jaramillo”, pero siempre con el logotipo con las letras ele y pe inclinadas.

Consuelo, su secretaria, estaba al fondo haciendo movimientos que parecían un baile. Parecía que estuviera nadando.

Todos bailaban.

Y todos bailaban perfectamente bien, y hasta ahí se dio cuenta que el número de hombres y mujeres en la campaña, contratados todos por él, era perfectamente parejo. Cada hombre bailaba con una mujer, sin incluir a Consuelo, su secretaria, y no había nadie sentado o haciendo una cosa diferente a bailar. Muy rápido corrigió su apreciación: No somos parejos. Con el doctor y yo, somos, en suma, dos hombres más. Menos Consuelo, su secretaria, que con ella daba como resultado final un hombre más.

Dejó su cabeza divagar, y miraba la gente bailar.

Realmente las miraba a ellas bailar, moviendo solo las caderas.

Ellas, todas, a excepción de Fabiana, eran jovencitas. La mayor tenía veintidós años. El lo sabía. Y seguramente por su culpa todas eran muy bonitas, excesivamente bonitas, y todas vestían jeans apretados y todas tenían muy bonito cuerpo. Fabiana tenía treinta y cuatro años. Tal vez parecía de menos edad.

Con ellos pasaba igual. Todos eran bastante jóvenes. Roque Andrade tenía veintisiete.

Todos fueron entrevistados por él, todos sufrieron sus días para saber si eran aceptados para trabajar en la campaña, en la gran campaña como les dijo él, la que va a partir en dos la historia política de país, y todos fueron por él, directa y finalmente, contratados, en un escrito por él redactado, copiado de un libro de contratos tipo, y por él firmado en el espacio atribuido para la firma de “la empresa o patrón”.

Su equipo de trabajo.

Todos jóvenes universitarios, de primeros semestres o de bachillerato. Fabiana era licenciada en ciencias políticas y se decía especialista en medios. Roque, por su parte, hacía muy poco había terminado derecho y estaba a mitad de camino de una especialización nocturna en ética y contratación pública.

– Pagué el sueldo de esta gente durante tres meses, se dijo. Y se sintió bien. Se sintió realizado.

Consuelo, su secretaria, fue la única que no fue contratada por él. Llegó directamente donde él el primer día, el día que abrieron la sede, y le dijo que ella era su secretaria, que contara con ella para todo lo que él quisiera, que tenía mucha experiencia y que llevaba trabajando para el doctor Gutiérrez Jaramillo al menos diez años, y que él, el doctor Gutiérrez Jaramillo, la había mandado a que le dijera todo eso.

No era ni bonita ni fea y tenía entre treinta y algo y cuarenta y pico de años, habría calculado Louis Guillaume.

Siguió mirando el entorno y se sintió bien.

Un local de algo mas de seiscientos metros cuadrados, diáfano, grandísimo, con dos alturas, cuyo arrendamiento mensual costaba un dinero que él nunca pensó en su vida que pudiera costar, y tenía vista a la mejor calle de la ciudad.

Alguien, siguiendo su imperativa orden, había grabado la transmisión de los resultados electorales que dieron en el último noticiero, el de las nueve y media de la noche, y Louis Guillaume se detuvo frente a la gran pantalla del televisor que estaba fija en los datos que interesaban a la campaña. Se sintió feliz, absolutamente feliz.

No había nada seguro, pero se sabía que era seguro.

El candidato ya no era candidato. El candidato era senador.

Se desabrochó ligeramente la cortaba, haciendo un rápido y circense movimiento con los dedos índice y pulgar con el cual lograba despegar el botón del ojal, con ayuda del dedo medio, y a la vez, con el dedo meñique conseguía deslizar el nudo de la corbata hacia abajo. Se quitó el saco y lo colocó sobre el espaldar de la silla más próxima. Pasó saliva, y gritó:

– Hemos ganado, hemos ganado, alzando el brazo con el puño cerrado.

Muy pocos de los que estaban a su alrededor le oyeron y fue inmediatamente correspondido con la be de la victoria. Y con sonrisas. Y con un viva al gran partido liberal y progresista, y un viva al doctor ya elegido, y un hurra al doctor Gachancetá acá presente, y un gran viva a la gran patria. Y todos respondían con un ¡qué viva!

Louis Guillaume estaba absolutamente radiante. La lucha de tres meses parecía haber dado sus frutos.

Era jefe de campaña, y una hora no más hacía que había sido efusivamente felicitado por todos los asistentes a esa gran fiesta, cuando dijeron por televisión que daban el último boletín de la noche. Mañana proseguiría el recuento de votos, pero por lo que se mostraba hasta el momento la victoria era categórica.

No había hablado con el doctor.

*****

No sabía nada del doctor desde el medio día, cuando lo acompañó a su mesa de votación, con todo el equipo a su alrededor haciendo ruido, en los carros pitando, echándole maizena a la gente y la gente quedaba con la cara blanca y la ropa blanca de la harina de maizena, sin quejarse ante la agresión, que no era agresión sino festejo, decían, y mirando perplejo el agredido lo que decían que era festejo, en un mundo de agresión, y se bajaban de los vehículos haciendo ruido y gritando, y dándole vivas al gran partido y al doctor y a la patria, a la nueva patria que renacería con el doctor elegido, porque el doctor iba a cambiar el mundo implantando en todo el país sus benévolas políticas, y fueron a la mesa de votación, en lentitud parsimoniosa, y estando ahí con la papeleta sostenida por los dedos, el doctor saludó con estrellón de manos al presidente de la mesa electoral, y al primer vicepresidente, y al segundo vicepresidente, y a los dos vocales, y a los suplentes de éstos, y al delegado de la veeduría legal por la pulcritud electoral, y con cada saludo se quedaba no menos de diez segundos con la persona cogida de la mano esperando a que todos los fotógrafos tomaran su foto. Una vez hubo depositado el voto en cámara lenta, lentísima, volvió a saludar nuevamente a todos los presentes, uno a uno, con sonrisa triunfante y absolutamente certero de ser reconocido por todos, sabedor de ser el famoso del momento, el que todos miran y del que todos hablan –mira, ahí va el candidato con su familia,…, qué joven y distinguida se ve ella, ¿de qué apellido es que es?-. Y otra vez el presidente de la mesa electoral se ponía de pie y mirando también a la cámara en actitud seria de imparcialidad, de absoluta y total imparcialidad, esperando que ojalá mañana salga esa foto en la prensa para que me vean los de la oficina, le daba la mano al candidato, -uno no sabe qué nos pueda deparar la vida-, y como títeres de guiñol el primer vicepresidente y el segundo vicepresidente se ponían de pie, otra vez, haciendo igual cosa los vocales y los suplentes de éstos, y volvían a dar la mano al candidato, uno a uno, con gran sonrisa y grandes dientes, acabando con el delegado de la veeduría legal por la pulcritud electoral, en espera del flash resplandeciente. Y otra vez a la salida sonriente, con la camiseta de la campaña, no solo el doctor, sino todos, todos llevaban la camiseta de la campaña diseñada por Louis Guillaume, o por su amiga Covadonga García de los Montes y Pérez del Río, su amiga española, su amiga, y también los hijos del candidato llevaban la camiseta de la campaña, no su esposa que iba vestida común y corriente, y hacía el candidato la be de la victoria con cada foto. El doctor, que estaba con su esposa y sus dos niños chiquitos, le dijo a Louis Guillaume, joven, en la tarde nos vemos en la sede de la campaña.

– Prepara una rueda de prensa, la quiero con todos los medios, fue lo último que le dijo.

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