Y no volvió

Alfaguara, Septiembre de 2.004

Sinopsis

Carlos Alberto Reyes Manzano es un tipo que lo tiene todo: es rico, es atractivo, es joven, es tonto.

Un día, y por una razón que sólo se devela en el transcurso de las páginas, decide irse de Colombia al Viejo Continente con la idea de conquistar el mundo. Durante una estadía no muy larga en Madrid, Manzano se ve envuelto en un escándalo televisivo sin mayor sentido pero con muchos euros, en el que participan un joven de izquierda y sin dinero, un yuppie a quien lo único que le importa es el dinero y una española decrépita y famosa, Carmencita de Antequera, que va por los talk show y programas del cotilleo generando pequeños escándalos que le asegura una vivienda holgada.

Divertida y cruel —lo cómico suele tener el estigma de lo trágico—, Y no volvió es una novela que se lee con facilidad, pero que, sin embargo, no deja de causar conmoción al final de sus páginas.

Y no volvió es una novela que se inspira en los mejores caminos de nuestra literatura colombiana y en las más clásicas tradiciones españolas.

María Dolores Jaramillo, Revista Al Margen

Primeras páginas

Entró a la casa diciendo -hola qué más, ¿cómo andáis?-, sin esperar respuesta, sin mirar a nadie, como si fuese el ombligo del mundo, el mero mero centro del universo.

Joé, y, es que, ¿para qué?, pero es que lo era, todo eso y mucho más. Había tocado el cielo con las manos, volvía a su casa como todo un campeón, y todos lo sabían. Al menos, todos deberían saberlo.

Se dirigió directamente al baño, mirando al frente y sin mirar a nadie, haciendo, mientras caminaba, ademán de bajarse la cremallera y, sin cerrar la puerta, ni levantar el roscón, e intentando apuntar al centro, al puro centro, no por no chorrear sino para que haga bulla y espuma, creía que hacía que se oía en todos los cuartos y espacios de la casa, el ruido de torrente sin freno de una descomunal meada que duraría no menos de dos minutos.

Aurora, la interna, que lleva en la familia ya algo más de diez años, desde que el doctor se separó de la señora, le contó en el intermedio del cine rotativo de tres de la tarde del domingo, a su novio, John Harold, -mire mijo cómo quedó ese baño, tan vuelto nada, que hasta el espejo de lavarse los dientes quedó todo goteao. Juradito por ésta, créame-.

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Todo lo que planeé para mi llegada me quedó la hostia, la verraquera, ¿cómo me dijera yo? La hostia si estuviera allá, de donde acabo de llegar; la verraquera si estoy acá, a donde acabo de volver.

Ya después de saber que llegué yo, de reconocerme y saludarme, de felicitarme, ahora sí, ya acá, todo tiene que cambiar.

De aquí pa´lante respeto tiene que haber. Confío ciegamente en que ya no volveremos a lo de antes, que me la pasaba a cada rato comiendo mierda, de humillación en humillación, pisoteado como una hormiga, ya porque unas veces viene la Andrea, haciendo boquitas y con la mano volteada, o papá, con cara de fusil, y me dicen con toda tranquilidad, sin preguntar antes mi opinión, que ya que no está haciendo nada, por qué no va y me compra esto, o por qué no se averigua aquello, o llame a éste para tal cosa, sáqueme esta fotocopia, y mire y hágame este favorcito, ya que está de vago, sin hacer nada, sino le cuesta nada.

Están convencidos que si uno no tiene nada que hacer, que si uno está en sus cosas, es que debe estar siempre a su entera disposición, a lo que diga la señorita Andrea, digo mejor, la doctora Andrea, o a lo que ordene su eminencia el doctor Reyes, a lo que manden los señores.

Si les digo señores se me ponen sentidos, mejor decir los doctores señores eminentes abogados, que están convencidos que el mundo está a sus pies, porque aquí está el pendejo del Carlos Alberto a sus perpetuas y serviles órdenes.

Pero ahora veremos quién es quién, ya con seguridad saben quién es el que acaba de llegar. Saben perfectamente que el que acaba de llegar es Carlos Alberto, y que todo lo que hice, lo hice en tiempo récord.

Ya sí, todo es diferente. Ahora, si la cosa es de tarados, conmigo ya que no cuenten.

– Pero me quedó, como dije, perfecto. La hostia, la verraquera, La entrada al baño me salió perfecta.

Calculado a la perfección, milímetro a milímetro. Sin un solo error.

La cagada que hubiera estado ocupado, que hubiera alguien adentro en ese preciso momento, o que la llave de la entrada a la casa no funcionara o que pasare o pasase cualquiera de las innumerables posibilidades de error que pensé al preparar el plan de entrada en el taxi desde el aeropuerto. Desde antes aún, ya en el avión pensaba cómo hacer y, hasta más atrás: ya en el aeropuerto Barajas en Madrid, lleno de bolsas plásticas de El Corte Inglés, andaba craneando cómo hacer la faena.

Pero quedó bien. Mejor imposible.

Apertura de puerta sin problema (a esta casa no vuelve, mijo, hasta que se haga un hombre de verdad, se case y consiga trabajo decente, y bla y bla y bla le decía a cada rato el doctor Reyes menos de un año antes, y el susto era solo que hubieran cambiado las guardas, la chapa, la cerradura o hasta la puerta entera, o se hubieran mudado de casa, con tal de joder, que es lo que les gusta, e impedirle la entrada a su casa, de su papá, sí, sí, pero también su casa),

Paseo victorioso en medio de la sala, donde, como en buen domingo, estaba toda la prole y olía a ajiaco, sopa de patatas, dijo una vez en sus épocas para definirlo, porque en los domingos están todos los de la casa, ahora cuatro ya sin mamá, y el plato principal y único es el ajiaco (con cremita y alcaparras, y mazorca, claro, sin que eso sí falte el aguacate, ala, repetía siempre en los almuerzos domingueros como una cacatúa y amplísima sonrisa su padre, a veces, muchas ellas, tan autóctono, tan folclórico, a pesar de lo abogado, y tan patriota, tanto que para él, el metro nacional media metro y medio, y cada carrera de sacos de lona ganada por un colombiano se convertía en la gran final de los cien metros planos de una olimpiada).

La entrada al baño la hice empujando la puerta con un leve golpe con la palma de la mano. Pensé siempre en darle un patadón a la puerta, como en película de vaqueros, con toda la planta del zapato a la altura de la chapa, y que salten pedazos de la puerta por el piso. Era impactante. Lo pensé varias veces, pero me pareció que era tal vez como demasiado: ahí si se emputan, mi papá se pone furioso y la patada tal vez me sale mala y me jorobo el pie. Mejor así, más seguro…, suavecito con la mano, no

Y a lo que vinimos, a mear. A mear fresco, tranquilo, de pié frente a la taza, a medio metro exacto, como todo un varón, y a ver qué es lo que dicen, a ver cuál es el coñazo, a ver si ahora ya de famoso me van a jorobar y todo.

Todos sabían quién era, no lo esperaban

Todos respondieron el saludo de forma cortés, sin emoción, impactados por lo que pasó, tan soberbio y altanero, tan cochino, si es que él no era así.

Se quedaron sin entender muy bien de dónde había salido Carlos Alberto, sin saber realmente y en últimas si era él, como si hubiera llegado un violador, un ratero, un hampón, quedándose todos ellos aquellos largos dos minutos en su misma e intacta posición, como mimos pendejos, diría días después Andrea.

Tan absurdo era, que el doctor Reyes, al faltar una hora para el almuerzo y, al ser domingo, porque el domingo es domingo, ala, y el cuerpecito se merece un premio, se estaba preparando un whisky y quedó con la mano encorvada y con dolores en las yemas de los dedos sosteniendo un bloquecito de hielo, y no siendo capaz de verterlo en el vaso, esperando ala, qué carajo, a que ese muérgano salga del baño.

– Muy buenos días familia, dichosos los ojos que os ven, dijo a la vuelta del baño, sin haber apagado la luz ni cerrado la puerta, colocándose de frente, para que todos pudieran ver y disfrutar de la

presencia de Carlos Alberto Reyes Manzano, aquel otrora desentendido muchacho, el que os hacía los mandados y reverencias, convertido hoy en lo que vosotros podéis ver: Todo un varón, con pelo en el pecho y crespo en el culo, más famoso que el Papa, con dinero a borbotones, e intentó erguirse lo máximo posible, sacando pecho.

La verdad, verdadera, era que cuerpo sí había hecho. Impactó el contorno de sus brazos, de sus antebrazos, y los músculos que hacían brillo con las luces.

Andresito contaría todos los días en el cole, por al menos una semana, cómo y de qué forma, con la meada de su hermano Carlos Alberto, la espuma llegaba hasta el borde de la taza.

– Es que mi hermano es todo un bacán, repetía feliz a quien le pedía que le contara, -cuénteme Andresito, ¿que me dijeron que su hermano, el Carlos Alberto, ya llegó de las Españas?-

Vestía unos jeans descoloridos (se los puso con mantequilla de lo apretados que estaban, diría cual chiste a sus amigos después en el colegio Andresito), y nadie supo de verdad nunca si aquel bulto que sobresalía eran gracias y dones de mi Dios, o un burdo paquete de pañuelos faciales. Ceñido al cuerpo tenía una camiseta sin mangas y sin botones, como de ante o, terciopelo o, algo así, brillante, como de cantante de moda, y con un gran escote que insinuaba infinidad de cosas. Estaba (o era porque nadie le vio nunca antes los brazos desnudos) bastante musculoso, y el escote se entendía al ver sus pectorales, hinchados y depilados.

– No sea pendejo, chino, fue todo lo que atinó a decir el doctor Reyes.

Y creyó que se quedaba corto. Se quedó muy corto. El sintió que tenía mucho más que decir. Había definitivamente mucho más que decirle.

Por un poco menos de un año, y día a día, había preparado todo un discurso destinado a cantarle todos los puntos sobre las íes a su hijo, una vez lo tuviera enfrente, de una vez por todas, para que quede bien clarito, porque la pita no da para más cuerda y, explicarle, qué es la vida jovencito, aunque ni tan jovencito pues, porque para comenzar sepa que soy consciente del pesar que nos embarga lo de su mamá, pero no seamos pendejos, porque no se crea usted que la plata sale de los árboles, porque la plata hay que ganarla con el sudor de la frente, pero en trabajos honrados y respetables, que engrandezcan el espíritu, mijo, y para eso mire usted que hay que estudiar antes, porque persona preparada vale por dos. Sí señor, porque hasta para ser muchacha del servicio se requiere al menos el bachillerato completo y, las hay, que tienen estudios de universidad y todo, si señor, y también para ser portero y, mire usted que, Julián, Julián Salgado, el mensajero de la oficina, que no tiene ni los veinte, es un trepador, si, pero ya va como por quinto semestre de carrera que la hace de noche, en la pública, y usted, joven, que no está tan joven que digamos, y ta y ta y ta y ta, y toda la retahíla ésa preparada y, que ya mil veces la había dicho, repetido, y vuelto a decir, que al hijo daba mamera oír y, al padre, ventolera decir.

Lo dijo (sólo el no sea pendejo, chino) y se quedó completamente mudo, viendo aquella cosa que a su hijo se parecía, y que estaba parado al frente, como maniquí de tienda o puta de la avenida Caracas, pensando que falta todavía decirle todo lo demás, hasta que sintió un dolor en la palma de la mano, o en la punta de los dedos, y pudo darse cuenta que la tenia enrojecida y sosteniendo un ridículo cubito de hielo, que ya goteaba, que soltó en el vaso de whisky, para ya con calma ver al mamarracho de su hijo.

Quiso contarle a sus amiguetes, en el sauna, ala, cómo me quedé con la mano tiesa al sostener durante largos minutos un bloque de hielo, porque ese chorro impedía siquiera pensar en servirme el whiskicito con tranquilidad. No lo contó.

Elputasboydelapraderacity arroba hotmail punto com era su nombre. No recordó de dónde lo había sacado, tal vez de algún cómic de cuando era chiquito, un súper héroe de la televisión o, algo así, pero por lo sonoro que era sí estaba seguro que con él cumplía su cometido.

Tampoco sabía muy bien cuál era el cometido, a qué iba todo, pero quedó contento y completamente satisfecho cuando logró registrarse, al primer intento, y de la pantalla salía un mensaje de hotmail que le decía que todo estaba en orden: El putas boy de la pradera city, todo de corrido, porque el internet no admite espacios.

Le gustó. Se sintió muy bien. Ese sí que era un nombre. Repitió su nuevo nombre en cámara lenta, despacito, y se sintió complacido.

Consiguió un tiquete aéreo Bogotá, Paris, Bogotá, por Air France,

abierto a un año, con salida el 14 de agosto, sin restricciones, en la agencia de viajes del papá de un amigo, y con la tarjeta de crédito del doctor Reyes, que no se enteró de ello sino hasta que recibió el extracto bancario y, gritó enfurecido, esta vez sí, qué carajos se piensa este chino que es la vida, ala, mientras él pensaba que la vida de momento se limitaba a mandar un correo electrónico a todos los miembros de su familia, uno para todos, indicándoles que había determinado hacer un cambio radical en su vida, ya vería él qué es lo que iba a hacer,  y ya les contaría, porque no sabría explicarlo con claridad en ese momento.

Mamá lo entendería, lo hubiera entendido, estaba seguro de ello. Ella sí que lo hubiera entendido.

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